Víctor Hugo: espiritista y santo del caodaísmo

«Tened cuidado, o más bien ¡tened piedad! ¡Tened piedad de los que sufren y os necesitan, de la vida inviolable, de la mujer despreciada, de las masas ignorantes; no desertéis las guillotinas por los muertos, los niños por los cadáveres, la cuna por el sepulcro, el hombre por el espectro, lo relativo por el absoluto y las llagas por las estrellas». (La Muerte a Víctor Hugo durante una sesión espiritista en la isla de Jersey)

Los recientes eventos que han envuelto a la catedral de Notre Dame siguen frescos en la memoria de millones de personas alrededor del mundo. Las duras imágenes del incendio hicieron entrar en shock a muchos, para posteriormente hablar de la maravilla perdida y de la necesidad de recuperarla. Las alusiones a Nuestra Señora de París (1831), la novela del inmortal francés, tampoco fueron pocas. Noticias de televisión, prensa escrita, radio y podcast de todo tipo han dedicado horas a hablar sobre la simbología visible e invisible de la catedral, su construcción, su peso en la Historia y su significado en la mente colectiva.

La catedral se volverá a levantar. Ya nada será lo mismo, pero hay símbolos que nunca mueren. Al igual que otras muchas cosas, entre ellas algunas personas, entre las que se encuentra el propio Víctor Hugo, sin el cual es imposible entender las letras del siglo XIX. De su obra se conoce casi todo, pero había una parte que había sido vetada a los hablantes de lengua castellana hasta hace bien poco. Una parte importante, que tiene que ver con una faceta íntima y llamativa del literato: sus supuestas conversaciones espirituales a través de sesiones espiritistas.

De su gusto por lo extraño se pueden rastrear indicios desde su infancia, a caballo entre Francia y la España de José Bonaparte. Las iglesias y catedrales despertaron algo en el pequeño hijo de Léopold Hugo, nombrado en aquellos años conde de Sigüenza y Cogolludo: «En las iglesias veía extrañas imágenes, sangrientas unas, y otras vestidas de oro, y relojes con figuras burlescas y fantásticas». La cita está recogida en la Vida de Víctor Hugo, escrita por André Maurois.

Sería solo su primer encuentro con lo desconocido y lo esotérico. Su vida dio para mucho, y su influencia fue tal que puede sentirse aún hoy en día. Pero hay un episodio en concreto que centra el foco de la atención de muchos expertos, que se preguntan qué vivencias particulares llevaron al escritor a abrazar el espiritismo hasta estar a punto de dejar de lado las letras para fundar una religión.

El espiritismo en el exilio (1854-1855)

Las vicisitudes relacionadas con los problemas mentales – algo que muchos señalan como causantes de los contactos espiritistas de Hugo – alcanzaron a otros miembros de su familia. Sin ir más lejos, su hermano Eugène quedó esquizofrénico cuando Víctor contrajo matrimonio con Adèle Foucher el 12 de octubre de 1822. Los hermanos compartían su amor por las letras – al igual que Abel, el tercer hermano de la familia –, pero también el amor por la misma mujer. La elección de Adèle afectó a la estabilidad de Eugène, que vivió el resto de sus días recluido en el Asilo de Charenton, donde murió a los treinta y siete años de edad. Ese golpe fue duro para Víctor, que de alguna forma se sentía culpable por la pérdida de su hermano. Por ello le hizo aparecer en alguna de sus obras, con mención especial en el vigésimo noveno poema de Las voces interiores, elaborado tras el fallecimiento. Tampoco su quinta y última hija, Adèle – la única que le sobrevivió – tuvo suerte con su estado mental, que la llevó a pasar muchos años recluida en instituciones mentales, hasta su muerte en 1915.

¿Por qué estas pinceladas del historial mental de la familia Hugo? Si algo dejó de manifiesto su estancia en la isla de Jersey es que allí aconteció una transformación profunda en la psique y la percepción del mundo del francés, a quienes muchos achacan una suerte de locura sobrevenida tras la muerte de su hija Leopoldine, el segundo fruto de su matrimonio, que se marchó de este mundo a la edad de diecinueve años, en 1843. El nombre concreto de la enfermedad a la que se ha apuntado como la causante de sus contactos espiritistas es parafrenia fantástica, cuyos síntomas mas notables son episodios continuados de ansiedad y alucinaciones, con un progresivo avance hacia ideas extrañas y absurdas.

Es una forma mundana de explicar que Hugo diera forma a una serie de cuadernos que pasaron décadas inadvertidos, e incluso siendo desconocidos. Uno de ellos (el primero) fue publicado por primera vez en castellano a finales de 2016 por la editorial WunderKammer bajo el título de Lo que dicen las mesas parlantes: conversaciones con los espíritus en la isla de Jersey. En sus escasas 120 páginas se recogen no solo sus conversaciones espiritistas más sonadas, sino también su forma de ver la escritura, el misterio de la literatura, su ideario humano y, a la postre, sus inquietudes ante grandes temas como el amor y la justicia. Una extraña forma de evadirse de los problemas que le llevaron a aquel dominio británico por culpa de sus discrepancias con Napoleón III, al que atacó mediante consignas y panfletos incendiarios tras el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851.

La historia de estos cuadernos es curiosa, pues no todos han sido hallados. Uno de ellos, al parecer, vio la luz en un granero. Igualmente, apareció un segundo cuaderno, aún inédito en el idioma de Cervantes. En 2014, la editorial francesa folio publicó la colección completa de todo el material disponible en torno a las sesiones familiares de los Hugo en torno a la ouija. Para la edición castellana se echó mano de otra de 1964 compilada por el editor Jean-Jacques Pauvert, misma persona que se vio envuelto en procesos judiciales por sacar del olvido los escritos del Marqués de Sade. Aunque no fue aquella de los sesenta la primera intentona por dar a conocer esta faceta de Hugo, pues ya en 1923 Gustave Simon incluyó pasajes en Les tables tournantes.

Elisabet Riera, editora de WunderKammen, se topó con el cuaderno de Hugo en un puesto junto al río Sena. Habían superado una suerte de maldición que se mantuvo durante años. Aunque nunca es tarde si la dicha es buena. El resultado es un trabajo a caballo entre lo místico, lo esotérico, lo espiritual y lo mundano. Incluye la introducción que ya hiciera Jean Gaudon de la selección de Pauvert. En él se plantea una opinión que se hizo extensiva a otros estudiosos hugolianos y a algunos investigadores y psiquiatras que han querido ver una enfermedad mental en las conversaciones entre Hugo y sus interlocutores del más allá:

«Los textos dictados por la mesa son al parecer demasiado hugolianos, en sus obsesiones o incluso en sus tics de escritura, para que sea aceptable ver en ellos el fruto de una actividad inconsciente. […] Franqueamos claramente el umbral más allá del que Hugo no podía aventurarse conscientemente, para atañer a una libertad verbal específica, que se recreará en los admirables monólogos de la Muerte, de Jesucristo, de Galileo o de Platón».

Personajes ilustres que se dieron cita en la isla de Jersey, en el canal de la Mancha, en aquellos dos años de exilio en los que Charles, tercer hijo de Víctor, al parecer se convirtió en un brillante vidente. En un principio, el ilustre francés no era un creyente declarado del espiritismo, sino un escéptico más que buscaba respuestas y consuelo en base a un fenómeno que prometía poder comunicarse de nuevo con los seres queridos fallecidos. La comentada muerte de Leopoldine, con el consiguiente sufrimiento y dolor, fue motivo suficiente para abrazar la polémica pero seguida doctrina.

Fantasmas y entidades ilustres

El plantel de personajes con los que la familia Hugo y algunos amigos hablaron mediante la ouija incluye a William Shakespeare, Platón, Galileo, el Océano, la Muerte o el mismísimo Jesús cristiano. Por ejemplo, el inglés aceptó escribir desde ese otro lado una obra de teatro inédita, en la que el Paraíso y el Infierno comenzaban dialogando entre sí. La trama derivaba en los deseos amorosos del rey de Francia hacia una chica recién casada, o pasajes donde diversos objetos como muebles o ropa eran quienes hablaban. Nada que tuviera un claro sentido, a pesar de que el propio William solicitó un mes para “planear y escribir la obra”. Por su parte, el Océano pretende dictarles piezas musicales, pero se molestaba al darse cuenta de la escasez de medios de los exiliados, solicitando que, a ser posible, se pusiera toda una orquesta a disposición de tan etérea entidad, que no deben los lectores olvidar que se manifestaba a través de medios muy poco convencionales.

Platón aparecía para hacer apuntes sobre los sueños, una realidad que entonces, como ahora, sigue siendo un absoluto misterio. Jesús dejaba perlas como la que sigue: «La verdadera cuestión no es amar a los corderos, sino hacerse amar por los tigres». Algo que sí que parece corresponder a las doctrinas enseñadas por los seguidores y representantes de la cristiandad desde hace poco más de dos milenios. El asunto de la Muerte es bien distinto, pues “ella” parece querer instruir a Víctor Hugo sobre una suerte de nueva teología en la que el arte de la creación juega un papel fundamental. Tal es el influjo de los monólogos de la muerte, como el que aparece al principio de estos párrafos, que el escritor se planteó convertirse en profeta de esa nueva revelación, que estuvo a punto de contar con su propio libro sagrado, cuyo título habría sido Consejos a Dios.

Dos años completos pasó la familia Hugo en el lugar, viviendo tan insólita experiencia, hasta que fueron expulsados de la isla tras las críticas de Víctor por la visita de la reina Victoria a Francia. Mucho tiempo habría de pasar hasta que volviera a su querida Francia, aún debatiéndose en conflictos sociales que hicieron sangrar a sus compatriotas entre revoluciones e intentos de volver a la paz. Décadas en las que continuó creando obras – entre ellas la alabada Los Miserables (1862) –, estando activo en política y encontrando nuevos roles en los que volcar sus esfuerzos, principalmente como abuelo. Todo hasta su muerte, acaecida el 22 de mayo de 1885, a los 83 años de edad. Atrás dejó una vida intensa, convulsa y llena de excesos. Gusto por las mujeres y la fama, pero también amor por la escritura y por su país. Su funeral fue digno de su importancia, al igual que los honores que se le siguen rindiendo.

Su acercamiento al esoterismo pasó inadvertido para muchos, pero ha servido para conocer un poco más en profundidad a una persona que, como tantas a lo largo de la historia, unieron en determinados momentos su capacidad creativa a eventos que consideraron sobrenaturales. No es determinante si se debía a una enfermedad mental, a una forma de superar el duelo por la muerte de su hija o a malas pasadas de su subconsciente (con la colaboración activa y necesaria de familiares y amigos). Lo importante reside en las reflexiones que se alcanzan en esas “conversaciones”, y la transformación interior de un personaje ilustre que, a pesar de su genialidad, era humano, como todos los demás. Con sus virtudes y sus defectos, su andadura vital, sus ilusiones, esperanzas y miedos. Aunque la historia de los cuadernos espiritistas no está cerrada – y puede que nunca finalice –, hay otra que tiene lugar en nuestros días y que también involucra al frustrado profeta de una religión dictada por la Muerte. Un que tiene que ver con otra confesión religiosa muy sincrética: el Cao Dai.

El santo de la “religión de religiones”

Cuentan algunos que Víctor Hugo sigue dictando obras, a pesar de llevar siglo y medio muerto y enterrado. Su condición de espiritista convencido ha ayudado a que su leyenda se haya agrandado, hasta el punto de formar parte de un santoral muy particular. De hecho, es parte de un trío muy exclusivo de figuras ilustres, junto al fundador de la República de China Sun Yat-sen y el profesor vietnamita Nguyen Binh Khiem. Precisamente Vietnam es cuna de la Fe Baha’i o Cao Dai, nombre igualmente de su dios principal.

Cuenta Jesús Callejo en Territorios Talismán que el Cao Dai es el Frankenstein de la espiritualidad, con conceptos tomados del cristianismo, el hinduismo, el taoísmo o el budismo, por solo citar algunos. La idea partió del vietnamita Ngo van Chieu, funcionario de la administración francesa, que en pleno siglo XX tuvo una serie de revelaciones mediúmnicas en las que contactó con una entidad autodenominada Cao Dai (“torre alta” o “lugar superior”), que le dictó las principales doctrinas del nuevo movimiento.

Cao Dai no busca el conflicto, sino la armonía, la paz incondicional. Sus practicantes creen que llegará un tiempo conocido como La Gran Amnistía, en la que todos los humanos volverán a la sensatez que un día perdieron y que provoca incontables malentendidos y disputas. Aunque cuenta con bastantes puntos difíciles de entender, intenta ser una amalgama de creencias que atraiga al mayor número de personas posible. Algo así como un culto que guste a quien no se defina con ninguno.

Oficialmente, el caodaísmo nació en 1926, y poco más de un año después contaba con más de 25.000 adeptos. Se fundó su templo principal, el Templo Divino, en la provincia de Tay Ninh, que aspiró a ser un estado feudal independiente hasta el estallido de la guerra de Vietnam. Tomar partido en un conflicto no suele traer consecuencias agradables cuando el bando apoyado pierde la contienda, y los adeptos a la nueva religión lo supieron tras la llegada al poder de los comunistas. Represaliados y casi disueltos, hubo que esperar hasta 1985 para que sus tierras confiscadas volvieran a ser controladas por ellos, junto a sus más de cuatrocientos templos.

La entrada del Templo Divino cuenta con un cuadro donde se puede admirar a sus principales figuras, Víctor Hugo incluido. Con su respectiva aureola de santidad. ¿Cómo un dramaturgo y novelista francés del siglo XIX entra a formar parte de las figuras sagradas de una religión? Al parecer, los médiums caodaístas de la capital de Camboya recibían visitas frecuentes del espíritu del autor, por lo que fue nombrado jefe espiritual de los trabajos misioneros en el extranjero.

Curioso e inesperado destino el que ha tenido el autor de Nuestra Señora de París o Los Miserables. Las particularidades del Cao Dai, extrañas para una mente occidental y alejada de la espiritualidad, han servido para hacer de Víctor Hugo una figura a la que rendir culto, más allá de las alabanzas recibidas por sus letras. Sus historias son microuniversos en los que expuso y compartió parte de su alma, esa misma que se vio empujada a buscar respuestas en el más allá y que, según algunos aseguran, se manifiesta ante aquellos que oran pensando en él pidiendo consejo.

Fuentes

  • Callejo Cabo, Jesús. Territorios Talismán, La Esfera de los Libros, 2018.
  • Hugo, Víctor. Lo que dicen las mesas parlantes, WunderKammer, 2016.
  • https://information.tv5monde.com/culture/spiritisme-quand-Victor-Hugo-invitait-%C3%A0-sa-table-J%C3%A9sus-Mahomet-Moli%C3%A8re-et-Shakespeare-128037
  • http://www.religionfacts.com/cao-dai
  • https://www.nytimes.com/2012/05/13/travel/in-vietnam-the-cao-dai-temple-mixes-religions-and-styles.html

Sobre nosotros Félix Ruiz

Trabajador Social de formación y apasionado de las temáticas relacionadas con el misterio desde siempre. Redactor de noticias, escritor novel, lector compulsivo y buscador incansable de preguntas que compartir con todo aquel que sea curioso y quiera saber más.

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