Mariano F. Urresti, de Jesús a Dickens: una trayectoria a través de veinticinco obras

Mariano Fernández Urresti ha sido galardonado recientemente con el XXXIV Premio de Novela Ciudad de Jaén gracias a El enigma Dickens, su última novela hasta la fecha.

Dentro del mundo novelesco en castellano, pocos autores consiguen plasmar el alma y los misterios de algunas de las grandes figuras de la literatura como Mariano F. Urresti. En sus novelas, consigue crear tramas complejas a la vez que divulga la obra de Julio Verne, Agatha Christie o Charles Dickens, entre otros. Eso sin olvidar que también es un ensayista de gran recorrido, con trabajos muy variados e interesantes. Los enigmas de la Historia son su especialidad, y a ellos dedica su tiempo, sus inquietudes y sus viajes.

– En primer lugar, me gustaría preguntar, ¿quién es Mariano F. Urresti?

– Un apasionado por la Historia y por los enigmas; algo que me impulsó a licenciarme en esa disciplina y a leer compulsivamente sobre misterios, preferentemente históricos. Pero también un devorador de novelas, un amante de los perros, miembro de Greenpeace desde hace muchos años; un tipo que recela de las religiones reveladas, pero que le apasiona la espiritualidad; que le encanta el cine, y que no soporta a los envarados que se erigen en ortodoxia de la cultura o de la religión.

– Tu andadura en el mundo del misterio comenzó cuando eras muy joven. ¿Recuerdas con cariño aquella etapa?

– Desde que tenía once o doce años comencé a interesarme por estos temas, y siendo estudiante de Bachillerato me incorporé a un grupo de entusiastas de la Ufología. A mí me interesó mucho ese asunto, pero especialmente la hipótesis que relacionaba ese fenómeno con la religión y con la historia antigua. Aquel grupo (Centro Investigador de Casuística Ovni) comenzó a organizar una serie de conferencias en Torrelavega (Cantabria) Más tarde, se produjo una escisión en el mismo surgiendo la Asociación Tercera Fase, y las conferencias se prolongaron durante 25 años. Acudían personas de muchos lugares de España. No cobrábamos nada y por ellas pasaron Juanjo Benítez, Fernando Jiménez del Oso, Lorenzo Fernández, Manuel Pedrajo, Miguel Blanco, Iker Jiménez, Javier Sierra, Jesús Callejo, Enrique de Vicente y casi todos los divulgadores más conocidos. Con todos ellos forjé una buena amistad que aún se mantiene.

– ¿Qué te llevó a tomar otro camino y convertirte en ensayista y novelista?

– Comencé a escribir ensayos porque Lorenzo Fernández Bueno le habló de mí a su editor entonces en EDAF, Sebastián Vázquez. Yo había escrito un primer libro (“La cara oculta de Jesús”) y a Sebastián, a quien le agradezco muchísimo su apoyo y orientación, me preguntó si podría escribir un libro sobre el Temple, y se me ocurrió la idea de “Los templarios y la palabra perdida”. A él le encantó, y al público también, porque se hicieron bastantes ediciones. Desde ese momento, escribí para EDAF, donde coincidí con Lorenzo, pero también con Javier Sierra y con Iker Jiménez. Publiqué “La vida secreta de Jesús”, “Un viaje mágico por el Camino de Santiago”, “Felipe II y el secreto de El Escorial”, “Colón. El Almirante sin rostro”, y varios más. Pero yo deseaba escribir novelas, donde pudiera mezclar los datos históricos y la imaginación. Lo deseaba más que nada, y surgió “El talismán de Raziel”, que EDAF editó, algo que no acostumbraba a hacer, pues trabajan esencialmente la no ficción. Tras ganar el Premio Finisterrae de Ensayo Histórico Heterodoxo con “La España expulsada” decidí hacer un alto y entregar dos años y pico a una novela que me perseguía desde mucho tiempo. Así nació “Las violetas del Círculo Sherlock”; la primera de una serie posterior.

– 25 libros. Se dice pronto. ¿Alguna vez pensaste en alcanzar esa cifra?

– La verdad es que no. De hecho, me parecía un sueño publicar uno. De modo que si no hubiera más en el futuro, ya me siento más que satisfecho. He logrado un premio de ensayo y otro de de novela con “El enigma Dickens”. Puede ser suficiente.

– Tus ensayos han sido muy versátiles. Desde Colón a Felipe II, pasando por el Camino de Santiago o los templarios. ¿Cuál de ellos significó un mayor reto para ti?

– Colón y Felipe II fueron un reto, porque la Edad Moderna siempre fue el período histórico que menos me entusiasmó en la Facultad. Pero “Los templarios y la palabra perdida” significó todo para mí. Por sus ventas, por el trabajo que supuso… El manuscrito original era gigantesco. Escribí sin medida, y mi editor me hizo ver que aquello era una enciclopedia, y que había que recortar. Y tenía razón.

– Personalmente, uno de los ensayos más impactantes que he leído ha sido Los pecados de la Biblia. ¿Crees que el libro sagrado del cristianismo sigue siendo un gran desconocido para la mayoría?

– Yo creo que sí. La Biblia es un libro apasionante, pero no debe apasionarte hasta el extremo de perder la objetividad. El pueblo judío no aportó culturalmente al mundo otra cosa que un libro. Y dado que en el mundo antiguo había culturas infinitamente más longevas y fértiles, como la egipcia y la mesopotámica –lugares donde los hebreos estuvieron cautivos-, es sencillo suponer que fueron esas culturas las que inspiraron gran parte del relato bíblico. O, más que inspirarse, los redactores de la Biblia plagiaron parte de esas tradiciones.

– En ¿Apocalipsis? hablas, entre otras cosas, del fin del mundo y de algunas de las teorías que difunden esa idea. ¿Es más probable que la causa sea externa o que sea humana?

– Para empezar, conviene recordar que la palabra “Apocalipsis” significa “revelación”, no fin del mundo. Sucede que, una vez más, la cultura judeocristiana ha impuesto su visión de las cosas proponiendo la idea de un tiempo lineal; es decir, una creación, un pecado original, una redención y un juicio final previo al fin del mundo. El tiempo, visto así, sería una línea recta. Pero lo que yo planteaba en ese libro era qué sucedería si el tiempo fuera cíclico, como decían los persas o los mayas. Entonces, es posible que se hubieran producido ya diferentes “finales” del mundo, entendiéndolo como cambios de civilización o culturas. Eso, lógicamente, lesiona la propuesta cristiana, puesto que se supone que hubo una única redención y habrá un único fin del mundo. Pero ése no es mi problema. De manera que, a la luz de la miopía humana que le conduce a una destrucción del planeta para sostener un sistema económico insostenible, bien podría ocurrir que se produjera un fin de ciclo por causas estrictamente humanas. Pero hablo de un fin de ciclo; no del fin de los tiempos.

– Entrando en el mundo novelesco. ¿Cómo se te ocurrió la idea para escribir tu primera novela, El talismán de Raziel?

– El origen estuvo en la lectura de una obra del profesor Alejandro García Avilés sobre magia talismánica judía. Allí aparecía mencionado el “Libro de Raziel”, entre otras muchas obras de magia que Alfonso X el Sabio hizo copiar, y a partir de ahí, y tras una visita a la catedral de El Burgo de Osma, comencé a imaginar qué sucedería si existiera un talismán capaz de proporcionar la inmortalidad.

– Are you sherlocked? ¿Qué significa para ti exactamente Sherlock Holmes?

– Muchas cosas, y desde niño. Sherlock es un inadaptado social; un hombre atormentado en un mundo de estatura intelectual inferior a la suya, pero también inferior en sensibilidad. No es cierto que Sherlock sea insensible. Si se lee con atención el “canon”, se advierte su delicadeza ante los humildes y su altanería ante los poderosos. Sherlock tiene también un punto ácrata que me seduce, puesto que es capaz de violar la ley si con ello logra evitar un mal mayor.

Me apasiona el mundo victoriano en el que se desenvuelve; me gusta su estética y también la acerada crítica a la hipocresía reinante que destilan muchas de las opiniones de William Sherlock Scott Holmes.

– Las violetas del Círculo Sherlock es considerada por alguno de tus lectores como tu magnun opus. En ella entroncas la obra de Conan Doyle con los asesinatos de Jack el Destripador. ¿Señalarías a algún sospechoso en concreto como el verdadero Jack?

– No tengo un sospechoso concreto, pero sí creo que aquellos crímenes no pudieron realizarse de forma tan impune por una única persona. Es posible que hubiera una única mano ejecutora, pero debió tener cómplices. Es imposible asesinar a Liz Stride y a Catherine Eddowes en una noche en un intervalo de apenas una hora a poco más de un kilómetro de distancia con las calles repletas de policías y que nadie viera nada. Entre uno y otro crimen, si restamos el tiempo que se precisaba para ir hasta Mitre Square (escenario del segundo crimen), encontrar a una víctima, ganarse su confianza y evitar ser sorprendido por el policía que hacía la ronda (pasaba por allí cada diez o quince minutos), Jack apenas tuvo un puñado de minutos para cometer ese crimen en una plaza a la que se accedía por tres lugares diferentes, con lo que el riesgo era extremo. Y además, se ensañó extraordinariamente y “trabajó” bajo una tensión enorme y casi a oscuras. Imposible para un solo hombre, creo.

– Los misterios de la historia son tu especialidad. ¿Alguno de ellos sigue obsesionándote?

– Si pudiera viajar en el tiempo a un momento preciso, iría a la meseta de Gizeh en el momento en que se construyó la Gran Pirámide. Recuerdo que la primera vez que la vi, me obsesionó, y sigo igual. Es posible que ahí pudiéramos obtener infinidad de respuestas para muchas de las preguntas que debieran importarnos.

– Tus últimas novelas comparten universo. Es una realidad que no se debería escapar a tus lectores. ¿Ha sido algo premeditado?

– Creo que se ha ido tejiendo por sí solo, pero responde a un lógica: mis novelas son un reflejo (pálido, pero reflejo) de mí mismo. Los personajes son criaturas que nacen de mis experiencias, de mis sentimientos… Intentan expresar muchas de las cosas que siento, que deploro, que alabo. Lentamente, se va formando un círculo que une a todos ellos.

– Miguel Capellán se ha convertido en un personaje recurrente en tus novelas. ¿Por qué un periodista sin escrúpulos?

– Porque creo que representa bastante bien a una parte de esa profesión (no sé medir con certeza el porcentaje exacto) y porque es un espécimen frecuente en el mundillo del misterio: el periodista que ha perdido la inocencia que le condujo a investigar este tipo de asuntos y se convirtió en el tránsito en un cínico a quien únicamente le interesa todo esto para triunfar, en el sentido más material del término: vivir de ello, y vivir bien. Y eso a costa de quien sea y de cómo sea. Y aún así, descreído y patético, se sigue calzando las botas Coronel Tapioca como si estuviera a punto de emprender una expedición en busca de El Dorado.

– El enigma Dickens en tu última novela hasta el momento. ¿Qué pueden esperar los lectores de ella?

– Los amantes del misterio, tendrán un festín (casas encantadas, espiritismo, asesinatos…); los lectores de novelas históricas, se encontrarán con un retrato del mundo victoriano que les puede agradar; y los apasionados de la novela gótica o incluso los lectores de tramas policíacas, se encontrarán cómodos. Pretendía con esta novela, y con las anteriores, acercar al amante del misterio a esos enigmas desde una perspectiva diferente. Muchos de los ensayos sobre esos temas repiten los mismos casos, las mismas historias una y otra vez. Desde la novela se puede jugar con otras reglas. Por otra parte, estoy cansado de que la cultura “oficial” mire por encima del hombro y con una sonrisa de suficiencia a quienes nos interesamos por estos asuntos, de modo que pretendía demostrar que escritores como Dickens, Verne, Conan Doyle o Bécquer también mostraron interés por la “heterodoxia” y, sin embargo, todos ellos están en el Olimpo de la Literatura. Me pregunto por qué se obvia de la biografía de esos personajes su pasión por el esoterismo, el espiritismo o, como en el caso de Dickens, el mesmerismo.

– El misterio de Edwin Drood fue la novela inacabada de Dickens, cuyo final ha sido teorizado e imaginado por muchos ¿Has imaginado algún final concreto, ajeno a la versión que das en la novela?

– No me atrevería a imaginar lo que imaginó Dickens, porque jamás estaría a su altura. En mi novela propongo al lector una travesía por el mundo “dickensiano” menos conocido, el del espiritismo, y también me atrevo a imaginar no tanto un final alternativo como un origen inédito de “El misterio de Edwin Drood”; es decir, cómo pudo ocurrírsele a Dickens escribir una novela tan diferente a todas las anteriores suyas. Al mismo tiempo, quería acercar aquel mundo suyo, repleto de nieblas y espectros, a nuestros días a través del cine y aludiendo a los rodajes de películas que han sido consideradas “malditas”, como “Poltergeist” o “La semilla del diablo”.

– Tu relación con los perros es muy especial. Duende es tu actual compañero de viaje, como lo fue en su momento Gandalf. ¿Qué papel han jugado estos compañeros en tus libros?

– Muy importantes. En general, la Naturaleza, Amalur o Madre Tierra, como quieras llamarla. Los perros me acercan a ella y, por extensión, me hacen sentir los pies en el suelo; ofrecen impagables lecciones de honestidad y sencillez que intento aprender. Me alejan de la petulancia, del envaramiento de los “cultos”, de los “dogmáticos”, pero también de los “explicatodo”, que tanto proliferan recientemente en el mundo del misterio.

– Conan Doyle, Julio Verne, Agatha Christie, Gustavo Adolfo Becquer y Charles Dickens. ¿Quién será el siguiente?

– No sé si habrá un siguiente personaje novelado. Tengo ideas, pero no sé si las llevaré a cabo. Si tengo fuerzas, la siguiente novela será muy diferente a las anteriores, pero igualmente repleta de misterios históricos. Eso, si tengo fuerzas y acierto. Veremos.

Sobre nosotros Félix Ruiz

Trabajador Social de formación y apasionado de las temáticas relacionadas con el misterio desde siempre. Redactor de noticias, escritor novel, lector compulsivo y buscador incansable de preguntas que compartir con todo aquel que sea curioso y quiera saber más.

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