Los viajes en el tiempo en la literatura antes del Viajero

«La idea de este libro ahora pertenece a todos. Nunca fue, en realidad, original y exclusivamente mía. Había otros pensadores que también estaban reflexionando sobre el tema. Surgió en mi mente inspirada por las discusiones entre los estudiantes de los laboratorios y por los debates sostenidos en el Real Colegio de Ciencias en el siglo XIX».

Cuando llegan fechas como las que marcan el límite entre un año y otro se comienza a hacer balance de lo que han dado de sí los meses anteriores, a la vez que se formulan planes, anhelos y propósitos para los que están por venir. Es un ejercicio prácticamente universal, en el que las mentes hacen un recorrido rápido por toda una línea temporal recreando momentos, sensaciones, palabras o imágenes. En cierta forma, no es más que un viaje en el tiempo, aunque únicamente sea simulado por el cerebro. Es precisamente esa capacidad humana un don, aunque también una maldición. Cualquiera puede trazar una hoja de ruta hacia un objetivo claro y definido que aún no ha alcanzado, pero asimismo puede quedar anclado en un momento del pasado, que fuera traumático y dejase una huella indeleble, haciendo muy difícil poder seguir adelante. Un instante puede ser efímero o puede durar mucho más de lo que a priori debería. Es el tiempo, evanescente, que no se puede congelar ni atrapar.

Herbert George Wells planteó en las palabras de la introducción esa idea universal. ¿Quién no ha querido lograr detener el tiempo o conocer qué le deparará el futuro? ¿Quién no ha deseado alguna vez retroceder hasta un determinado momento? Si se atiende a redes sociales o medios de comunicación en estos días de transición, es irremediable encontrar todos estos ejemplos, y es que esas interrogantes sobre el tiempo están bien consolidadas en la mente colectiva. Wells fue quien mejor captó ese concepto del viaje temporal y lo introdujo en un relato, ayudándose además de una máquina y de su propia visión de la sociedad o la política.

Antes de que La máquina del tiempo se editara por primera vez en 1895 (Holt, Nueva York, The Time Machine and Other Stories), Wells ya había jugado con la idea, al menos con la parte “tecnológica” de ese eventual viaje, aunque una narración más corta, y lo hizo con un artículo de lo que hoy viene a llamarse “de divulgación científica”, The Chronic Argonauts. El mismo apareció en abril de 1888 en Science School Journal, interrumpiéndolo Herbert en junio tras tres entregas, ya que no le estaba gustando el resultado. La narración se ocupa de un desplazamiento de quince años al pasado del Dr. Moses Nebogipfel, nombre que se perdería en la versión final, contando únicamente con el Viajero que todos conocen actualmente. Algo especial debió ver el editor de la publicación en esa nueva versión, como si verdaderamente fuera posible hallar ese vellocino de oro por el que Jasón y los suyos navegaron hasta Cólquide, pues Wells se pasó el verano de 1894 puliendo los trece capítulos de la novela que revolucionaría esa posibilidad del viaje en el tiempo. Tras seis versiones de un viajero del tiempo que fueron dándose en ese lapso de seis o siete años, apareció una en The National Observer y otra más en 1895, ésta con el título de The Time Traveller’s Story, publicada en The New Review. El resto es historia.

Desde entonces, ese concepto ha ido creciendo y volviéndose tan complejo que es imposible abordar todo lo que sigue dando de sí en un sólo artículo. Ni tan siquiera en un libro de proporciones ciclópeas. Física cuántica, paradojas temporales, reflexiones éticas o filosóficas, leyendas antiguas o modernas, y un largo etcétera. Pero aquí no se hablará de ejemplos literarios modernos como el Caballo de Troya de Benítez, ni del incidente Moberly-Jourdain, ni del Cronovisor o de supuestos viajeros temporales como John Titor o sobre ejemplos en el cine o la televisión como Timecop o Dark. Simplemente se tratarán antecedentes en forma de relatos o libros. Porque obviamente, es bien sabido que Wells no fue el primero, sino que tuvo la oportunidad, el éxito y la atención que otros no tuvieron. Antes hubo otras máquinas y otras formas de saltar en el tiempo. ¿Quiénes fueron los verdaderos pioneros en la materia?

Las póstumas: el duque Multiplaindre y sus viajes temporales

Precisamente tenía que ser en las letras francesas donde algo parecido a una aventura temporal se plasmó en papel en un momento tan temprano como los inicios del siglo XIX, en 1802. La tierra que posteriormente vería nacer – entre muchos otros – al insigne Jules Verne sería el primer testigo del nacimiento de esta obra, donde un hombre escribe a su esposa un total de 366 cartas, que no le envía periódicamente mientras está en otro lugar por trabajo u otros menesteres, sino que se las hace llegar diariamente tras morir. En ellas, le habla de algo extraordinario, propio de la proto ciencia ficción donde cabe casi de todo, siendo una ucronía con implicaciones bastante locas.

Cuenta el experto Agustín Jaureguízar – con el pseudónimo de Augusto Uribe – en su web que el fallecido narró a su esposa las peripecias de este viajero con increíbles poderes que se hacía llamar Juan Jacobo, duque de Multiplaindre. Este hombre poseía la fenomenal capacidad de tomar la forma de cualquier hombre, cosa que aprovechaba para disfrutar de los placeres de la carne, ya que posee a todas las mujeres que desea. Pero no lo hace de forma ligera o banal, sino que el cambiaformas se hace con el alma de aquellos a los que sustituye y la transporta al cuerpo de distintos animales.

Continúa contando el finado que el duque no se quedó ahí, sino que su ambición creció y en determinado momento se introduce en el cuerpo del primer ministro francés e implanta una legislación basada en los “grafos”, para a continuación tomar el cuerpo de los diferentes reyes europeos y establecer una permanente paz continental, cuyo cumplimiento vigilará cada siglo.

Todo un viajero temporal, con poderes que podríamos comparar con los del Doctor Manhattan de los Watchmen. El peculiar duque de Multiplaindre puede volar con alas semejantes a las de Victorino (protagonista de su otra obra de interés, El descubrimiento austral), volverse invisible y ser siempre joven, cualidades sobre las que Nicolas-Edme Restif (o Rétif) de la Bretonne, autor de Las póstumas, cartas recibidas después de la muerte del marido por su mujer, que lo creía en Florencia, escribe minuciosamente en los cuatro volúmenes que abarcan esas 366 cartas.

El duque viaja a voluntad de planeta en planeta, más allá de Neptuno o acercándose peligrosamente al Sol, a un planeta llamado Argus, forma literaria del supuesto Vulcano, un planeta que se situaría entre la estrella y Mercurio. La de Vulcano es una cuestión muy polémica planteada por primera vez (al menos, que se sepa) por el matemático y astrónomo francés Urbain Le Verrier en 1843, desarrollando la idea hasta 1859, más de medio siglo después de Las póstumas. Cuenta Uribe que ese Argus sería el hogar natal de algunos personajes asociados a la religión o la mitología, como Moisés y Hércules.

Las cartas sobre el duque no solo hablan sobre viajes del tiempo o fórmulas curiosas, sino de vida más allá de la Tierra o del anhelo de trascender y vivir mucho más de lo que las limitaciones biológicas permiten a priori, pues este Multiplaindre es capaz de vivir tres millones de años, para finalmente ser una especie de dios que se ubica en el centro del Universo.

Toda una curiosidad la que Restif de la Bretonne, quien por otro lado estaba especializado en utopías reformistas a caballo entre los siglos XVIII y XIX, era un comunista antes del comunismo y del que se puede destacar su ya mencionada obra El Descubrimiento austral, dedicada a los mundos preservados, esos de los que hablarían muchos otros, incluido de nuevo Verne en su Viaje al centro de la Tierra.

Flammarion y Lumen

Camille Flammarion es considerado por muchos como el otro gran precursor del romance científico o novela científica, explotada hasta límites insospechados por Verne en sus Viajes Extraordinarios. Al igual que ocurrió con el artículo precedente en Misteriored, sobre Wells (H. G. Wells y Los primeros hombres en la Luna: del imperialismo a la rivalidad con Verne), diremos lo que diferencia a Flammarion y a Verne. Una vez más, todo tiene que ver con la visión del autor. Verne atendía a los propios avances de la ciencia, con pronósticos a medio plazo que dejaban poco o nulo espacio a la especulación. Siendo conscientes de que la cuestión se presta a intensos debates sobre la mente adelantada de Jules, desde aquí se seguirá manteniendo que sus inventos eran veraces y a la vez posibles cuando los concibió, cosa que le diferenciaba del carácter más especulativo de las ideas de Wells o, en este caso, de Camille Flammarion.

Flammarion pertenecía a esa rama más bien especulativa que se prestaba a imaginar más allá de las fronteras y limitaciones de la ciencia de su época. Esos planteamientos tenían y tienen un riesgo asociado, que no es otro que la obsolencia. Al igual que le ocurrió a Wells, muchas de las ideas de Camille han sido superadas por la ciencia, lo que por otra parte no restan ni un ápice de mérito a sus escritos. Sus intereses por la astronomía y el espiritismo contribuyeron a sus obras de ficción.

Entre ellas, se podría hablar de La pluralidad de los mundos habitados, donde el astrónomo se atreve a bosquejar la existencia y apariencia de seres extraterrestres adaptados a ambientes exóticos, diferentes de los que pueden encontrarse en la Tierra. Un ejercicio en el que tampoco era precisamente el precursor por antonomasia, ya que esta posibilidad ha sido tenida en cuenta desde tiempos remotos en la historia de la cultura tal como es concebida, con otros autores como Lucrecio y su De rerum natura, Giordano Bruno y De l’infinito universo et Mondi o Christiaan Huygens y su Cosmotheoros, quienes con mayor o menor acierto e ingenio veían el Universo como un lugar lleno de vida.

En estas líneas lo que interesa es un escrito de su autoría que compiló en 1872 bajo el título de Récits de l’infini, los Relatos del infinito, que incluía tres obras: Lumen, Historia de un cometa y Por el infinito, siendo la primera la señalada como precursora de esos viajes en el tiempo, en forma metafórica o como disquisición filosófica. Camille Flammarion escribió en la Narración sobre el tiempo y el espacio por un espíritu cosas como: “El tiempo está formado por los movimientos periódicos de los cuerpos materiales“, “El tiempo, es decir, el movimiento, existe para los objetos materiales” y “El universo material produce medida y tiempo con sus movimientos“. Ahí reside el germen de algunos de sus escritos alejados de la mera divulgación científica.

En este caso particular, Lumen es una novela corta escrita al estilo de un diálogo platónico entre Lumen, un espíritu recientemente descarnado, y Quaerens (el que interroga), un amigo del fallecido que recibe cuatro visitas de su espíritu, en donde le son reveladas una serie de observaciones recogidas por éste “de primera mano”. Más allá de los postulados científicos obvios o erróneos, Lumen presenta varias posibilidades fisiológicas sorprendentes, incluyendo desde criaturas coloniales hasta plantas sentientes. El personaje de Lumen expone a Quaerens su cadena de reencarnaciones, todas presentes y “simultáneas” merced a la limitación impuesta para la velocidad de la luz.

El viaje de Lumen empieza tras su muerte e inmediato traslado a la estrella Capella donde es capaz, entre otras cosas, de verse a sí mismo recién nacido. También se desplazó hacia la nebulosa de Andrómeda a una velocidad tal que pudo ver un planeta girando hacia atrás en el tiempo. Más allá de las posibles influencias que pudo tener su obra en personajes tan dispares como Einstein o Gaspar y Rimbau – no hablaremos del famoso Anacronópete, cuyo “fluido de la inalterabilidad” y su teoría de que la atmósfera es el tiempo y el tiempo lo forman los acontecimientos también merece artículo propio – está claro que los planteamientos del astrónomo sin dignos de tener en cuenta a la hora de hacer una compilación sobre viajes temporales. Aunque esta vertiente de su obra fuera ensombrecida por Verne o el mundo anglosajón, desde donde viene el último ejemplo que se expondrá aquí.

Silvia y Bruno, de Lewis Carroll

Harry Furniss, ilustrador célebre que trabajó, entre otros, con el padre literario de Alicia, comentó en su autobiografía Confessions of a caricaturist (Confesiones de un caricaturista), publicada en 1902, que había recibido por carta instrucciones de Carroll sobre cómo debían ser los personajes:

«[Silvia y Bruno] no son hadas a lo largo de todo el libro, sino niños. Todas estas condiciones hacen que su vestimenta constituya hasta cierto punto un rompecabezas. No deben tener alas; eso está claro. Y ha de tratarse de ropa completamente normal para la vida londinense. Debería ser lo más extravagante posible, al límite de lo que se considera presentable en sociedad. Tal vez las amistades pudieran decir: «¡Qué ropa más rara llevan estos niños!», pero no deberían poder afirmar: “¡No son humanos!”…»

«En lo que se refiere a la vestimenta de estos niños en su estado feérico (en ocasiones los tendremos alternando en sociedad, la cual da por sentado que son niños de verdad; y por eso deben, supongo, ir vestidos como en la vida normal, pero de forma extravagante, a fin de crear una pequeña distinción). Ojalá me atreviera a prescindir de toda ropa: los niños desnudos resultan tan perfectamente puros y adorables, pero la Sra.Grundy se pondría furiosa; no es una opción. Entonces la pregunta es: ¿qué cantidad mínima de ropa le satisfaría? De cualquier forma, las piernas y los pies deben ir necesariamente al aire. Detesto de un modo tan absoluto esa moda monstruosa de los tacones altos (y, de hecho, he planeado atacarla en este mismo libro), que me resultaría seguramente imposible permitir que mi dulce y pequeña heroína fuera víctima de ella.»

Da aquí Carrol pinceladas muy precisas sobre los dos personajes, que como lógicamente se deduce, son seres feéricos, pertenecientes a un folklore que también contempla el viaje temporal, pues hadas, duendes o demonios so capaces de transportar a cualquiera a lugares lejanos, al igual que al pasado o al futuro. De hecho, parte de la trama de los dos volúmenes de la obra transcurre en ese Fairyland o País de las Hadas que tanto juego dio durante siglos, sobre todo en el mundo anglosajón.

Ambas historias, a caballo entre ese lugar fabuloso y la época victoriana, son tan diferentes que parecen ser historias diferentes, cosa que en parte es cierto. De hecho, dos capítulos del primer volumen, El hada Silvia y La venganza de Bruno, aparecieron originalmente como relatos breves en la revista Aunt Judys Magazine en 1867. En 1873, Carroll decidió usarlas como el núcleo de una historia más larga. Gran parte del resto de la novela fue recopilada a partir de notas de ideas y diálogos recogidas a lo largo de los años.

Carroll no era alguien ajeno a los intereses ocultistas de su época o anteriores. A pesar de ser conocido sobre todo por las aventuras de Alicia y por su correspondencia y obsesión por las niñas, también tuvo un gran interés por las hadas, en las que creía sin dudar. Estos seres feéricos aparecen en muchos poemas y cartas del escritor; uno de sus libros favoritos para regalar era Fairies, de William Alingham; y pidió a Gertrude Thomson que ilustrara con una serie de dibujos de hadas su antología poética Three sunsets and other poems (Tres puestas de sol y otros poemas). Consideraba posibles la veracidad del espiritismo o de otros fenómenos anómalos, que no encontraba incompatibles con su fe ni su visión científica.

¿Quiénes son Silvia y Bruno? Una pareja de jóvenes hermanos, de unos diez y cinco años aproximadamente, hijos del rector o gobernante de Exotilandia, un país fantástico habitado por duendes y vecino de Fairyland. Tanto Silvia y Bruno como su padre son bondadosos. Por el contrario, el subrector y hermano del gobernante de Exotilandia (Sibimet), su esposa Tabikat y el hijo de ambos, de nombre Uggug, se presentan como malintencionados e insidiosas que generan el conflicto motor de una de las dos tramas principales del libro: el subrector ha urdido una conspiración con el lord canciller para sustituir a su hermano como dirigente vitalicio de Exotilandia aprovechando una ausencia de este en un viaje al extranjero.

Mediante argucias consiguen que el rector firme antes de partir un edicto que nombra a Sibimet emperador de Exotilandia, consiguiendo así su propósito. Silvia y Bruno, que se quedan inicialmente con sus tíos, deciden seguir a su padre hasta Elfolandia (una provincia de Fairyland de la que este ha sido declarado rey, lo cual motiva su marcha), y al hacerlo quedan mágicamente convertidos en hadas.

Los niños contarán durante toda la historia con la ayuda de un viejo y chiflado profesor (el profesor Outlandish, que dispone de un reloj en el que, si se aprieta una clavija en sentido contrario al normal, los acontecimientos de la hora siguiente transcurren al revés, al igual que, cuando se giran las manecillas de modo inverso al de su marcha, también el tiempo transcurre a la inversa) que ha viajado a palacio para asistir al cumpleaños de Silvia, creador de disparatados inventos que serán fuente de muchas situaciones divertidas. Al profesor lo acompaña el «otro profesor», un colega igual de excéntrico que se pasa los días «enfrascado» en la lectura. Es precisamente en ese profesor Outlandish y su reloj donde se puede ver ese otro antecedente del viaje temporal, poco antes de la máquina de Wells.

Carroll, en el prólogo del primer volumen, anima al lector a intentar descubrir qué estrofas fueron inspiradas por el relato y viceversa. Otro elemento al que atender es el guardapelo mágico, un colgante en forma de corazón que en un principio aparece en dos versiones: uno con la leyenda «Silvia querrá a todos», y otro con el inverso «Todos querrán a Silvia». El padre de Silvia le da a elegir a esta entre uno y otro cuando los dos hermanos encuentran a su padre en Elfolandia, disfrazado de mendigo, después de haberle seguido. La niña escoge el primero, y usará durante el resto del libro algunos de los poderes que posee, como hacer invisibles las cosas, para originar muchas situaciones curiosas. Este colgante, y la elección de Silvia, sirven a Carroll como símbolo de su mensaje de amor universal.

La trama de los pequeños Silvia y Bruno se entrelaza desde el principio con otra que se desarrolla de manera paralela en el mundo real del autor, la Inglaterra del siglo XIX, al cual pertenece el propio narrador de la historia, un anciano heptagenario que, salvo por la diferencia de edad, podría ser perfectamente el propio Carroll.

En unos casos todo responde a la propia imaginación, otras a cuestiones filosóficas y puede que otras a simple azar o percepción sesgada por el conocimiento y prisma actual sobre la cuestión. Atrás han quedado muchos otros relatos, tanto anteriores como posteriores. Alicia a través del espejo, Un yanqui en la corte del rey Arturo de Mark Twain, L’historioscope de Eugène Mouton o el propio Anacronópete. Por no hablar de todo lo que ha dado de sí el siglo XX en lo que a la cuestión se refiere. Quizá en otra ocasión…

Fuentes:

  • http://www.augustouribe.com/art_02.htm
  • http://www.augustouribe.com/proto_01.htm
  • https://web.archive.org/web/20061030223236/http://luppas.homeip.net/astrotaller/viejos_nuevos_planetas/vulcano/vulcano_astronomia.htm
  • https://web.archive.org/web/20061220004429/http://www.astrored.net/nueveplanetas/appendices/hypo.html
  • https://www.letraslibres.com/mexico-espana/retif-el-buho-espectador
  • https://www.bie-paris.org/site/fr/1878-paris
  • https://www.misteriored.com/h-g-wells-y-los-primeros-hombres-en-la-luna-del-imperialismo-a-la-rivalidad-con-verne/
  • https://rescepto.wordpress.com/2014/06/23/lumen-historia-de-un-alma/
  • https://ellaberintodelverdugo.blogspot.com/2018/07/lewis-carroll-silvia-y-bruno.html

Sobre nosotros Félix Ruiz

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