Las profecías y los “campos morfogenéticos”: ¿Los profetas ven el pasado y el futuro a la vez?

Hace escasas fechas acabé de leer el nuevo libro de Mariano Fernández Urresti, titulado “¿Apocalipsis?” y publicado por Ediciones Luciérnaga. Una vez concluido, debo decir que me ha hecho reflexionar sobre diversas cuestiones y fenómenos que hasta hace poco me planteaba de diferente manera. Además de ser un ensayo muy bien documentado, los lectores podrán encontrar en sus páginas varias hipótesis innovadoras, que no se ciñen a la mera exposición de casuística y argumentarios de diferentes personajes y autores que, desde distintas ramas de los saberes ortodoxos y heterodoxos, se han dedicado a experimentar, estudiar e investigar las profecías. Sobre todo, aquellas centradas en el supuesto fin de los tiempos del que tantas veces hemos oído hablar y que siempre parece estar cerca de producirse.

Personalmente, ya he vivido varios episodios en los que se aseguraba que el Apocalipsis estaba a punto de producirse. ¿Quién no recuerda la crisis del 2000 o la famosa profecía maya del 2012? Mucho se ha escrito y hablado sobre estas efemérides, con la intención de hacer ver a las masas que estábamos al borde del precipicio, y que no habría vuelta atrás. Pero no han sido los únicos, pues también colean fenómenos como la posible Tercera Guerra Mundial, la caída de algún cuerpo celeste, una desconocida plaga mortal o el calentamiento global provocado por la acción del hombre. Todos estos asuntos, que son de actualidad y seguirán ofreciéndonos muchos titulares a corto y medio plazo, son tratados con maestría en el trabajo de Fernández Urresti, pero en este artículo quiero centrarme en un aspecto fundamental de la obra y que quiero compartir con todos los que quieran leer estos párrafos. Se trata de la búsqueda de la naturaleza última de las profecías y de su incierto origen. Un tema fascinante que conecta con una de las mayores inquietudes del ser humano.

Los Cuatro Jinetes del Apocalípsis según Alberto Durero

Damos por hecho que la capacidad profética que disfrutaban antiguas personalidades y aun pregonan diferentes personas actualmente casi siempre enlazan con acontecimientos que aun no se han producido. Es decir, que quienes se adentran en una experiencia de este tipo es capaz de visualizar retazos de acontecimientos futuros. Pero, ¿cómo se puede lograr algo así? La organización del tiempo ha sido una obsesión propia de nuestra especie desde que las primeras civilizaciones del pasado echaron a andar. Fernández Urresti nos remite a una obra de Felipe Fernández-Armesto, El tiempo a través del tiempo, donde se nos cuenta cómo medían el tiempo los adivinos de la dinastía Shang, en la antigua China. Para tal propósito usaban palos que perforaban, mientras en otras ocasiones hacían uso de huesos, que eran untados con sangre para poder hacer augurios. Una vez que se le hacía una pregunta al hueso ensangrentado, se aplicaba calor al hueso mediante una perforación hasta que se hacía una grieta. Según su forma, el adivino interpretaba la respuesta sobre el interrogante planteado.

Más allá de las formas más o menos ingeniosas que se idearon para atrapar el tiempo en una forma tangible, existen dos grandes paradigmas enfrentados entre sí desde hace milenios: El tiempo cíclico y el tiempo lineal. En la primera forma – defendida, entre otros, por los antiguos griegos y los persas – todo lo existente es fruto de un flujo constante de muerte y renacimiento. Es decir, no existen unos únicos principio y final, sino que la existencia es un ciclo que se repite cada cierto tiempo. En contraposición, el tiempo lineal parte de la base de que hubo un principio de todo y que habrá un final absoluto, ubicado en un futuro desconocido, y sobre el que es necesario indagar para estar preparados. Como habrán imaginado, la cultura judeocristiana ha favorecido que el tiempo lineal haya ganado mucho terreno en occidente respecto al tiempo cíclico. El gran culpable, por supuesto, es el libro sagrado de estas dos grandes religiones monoteístas, la Biblia. Hubo un pasado incierto en que Dios decidió crear, y dio forma a todo cuanto existe. Entre todo lo creado, por supuesto, estaba el tiempo. Pero Fernández-Armesto planteó un problema: ¿Dios creo el tiempo a la vez que la materia o ya había tiempo previamente?

Según Beda el Venerable, que vivió a caballo entre los siglos VII y VIII de nuestra era, el mundo fue concebido un 19 de marzo, pero el Sol no formó parte del firmamento hasta cuatro días más tarde, por lo que no se pudieron contabilizar esos días. La polémica coleó en el ambiente hasta 1215, cuando en el IV Concilio de Letrán se adoptó como dogma que Dios protagonizó un solo acto de Creación, dando forma a todo lo existente de una sola tacada. De esta forma, se apoyaban los textos del Antiguo Testamento, de los que Fernández Urresti destaca que escapan de toda idea sobre el tiempo cíclico que pregonaban otras culturas alrededor de la judía, como la babilonia. En el Pentateuco se contabilizan los periodos según las generaciones transcurridas desde la Creación y el nacimiento de Adán, dando increíble longevidad a algunos de los patriarcas antediluvianos. Por ejemplo, el propio Adán vivió – siempre según el Pentateuco – hasta los 930 años, Noé hasta los 950, mientras que Matusalén y Jared son los personajes más longevos de toda la saga, con 969 y 962 años respectivamente. Cantidades difíciles de asumir, a todas luces metafóricas y legendarias.

¿A dónde nos conduce toda esta explicación? Precisamente a que la concepción lineal del tiempo necesita de un final si es que hubo un principio de todo. Al igual que hubo una Creación, algún día tendrá lugar un Apocalipsis, un Armagedón, en el que la raza humana deberá hacer frente a sus pecados y ser testigos del Fin de los Días. En ello se basa buena parte de la fe judeocristiana, y ha dado lugar a lo largo de los siglos a augurios de todo tipo. Una de las grandes manifestaciones de estas profecías apocalípticas viene arrojada por la propia Biblia, bajo la forma de los profetas de Yahvé.

Por ejemplo Enoc, en el Libro de los Vigilantes, advierte a Noé sobre el Diluvio por orden de Yahvé y sus ángeles: “Revélale el final que va a llegar, pues va a perecer toda la Tierra, y el agua del diluvio ha de venir sobre toda ella y perecerá cuanto en ella hay. Instrúyelo, pues, que escape y quede su semilla pata toda la tierra”. En otro pasaje, Enoc es arrebatado al Cielo, y allí puede ser testigo de la forma del paraíso, pero también del Infierno, donde es testigo de los tormentos que Dios tiene preparados para los pecadores cuando acabe la última batalla que tendrá lugar en el Juicio Final: “Un lugar terrible, donde se dan cita toda clase de tormentos: una tiniebla impenetrable y nieblas opaca sin un rayo de luz, un fuego oscuro que se inflama continuamente y un torrente de fuego que cruza por doquier, fuego por una parte y hielo por otra, quemando y helando a la vez”.

En la Última Batalla, las huestes del Cielo y el Infierno lucharán por el destino de lo creado, el Mesías y el Anticristo lucharán irremediablemente y el primero triunfará. Eso es lo que muchos de los textos apocalípticos – toda una corriente literaria que se desarrolló durante los últimos siglos a. C. y sobre todo en los dos primeros siglos d. C., cuyo exponente más famoso para nosotros es el Apocalipsis, último libro de la Biblia que se atribuye al Apóstol San Juan el Zebedeo – tratan de ilustrar. En los primeros años que siguieron al inicio del cristianismo, los creyentes creían que el Mesías volvería para dar inicio al Reino de Dios, pero no ocurrió. Algo parecido ocurrió cuando llegó el fin del primer milenio de nuestra era, pero entonces tampoco ocurrió nada. ¿Por qué se atrasaba tanto el fin?

Isaac Newton en 1689, obra de Godfrey Kneller

No es el objetivo de este texto indagar en todo el lenguaje metafórico de los textos apocalípticos ni en todas las variantes que se han producido, pero sí que les diré que toda esta trama continuó durante los siguientes siglos. En las últimas décadas hemos asistido a un “boom” de la literatura apocalíptica, de la mano de diversos investigadores y autores que han indagado en las profecías de muchos personajes ilustres. San Malaquías, Nostradamus o Edgar Cayce son solo algunos de los más sonados. Además, igualmente se ha escrito mucho sobre el calendario maya, las apariciones marianas – sobre todo sobre el famoso tercer secreto de Fátima – o el polémico Código Secreto de la Biblia, que Michael Drosnin hizo célebre a nivel mundial.

Particularmente, el caso de Isaac Newton me parece destacable, pues no es precisamente una de las figuras que muchos tienen como defensora de realidades alternativas. Pero así es, pues Newton estudió la Biblia con detenimiento, convencido de que entre sus páginas se encerraba la fecha en la que llegaría el Apocalipsis, y se atrevió a arrojar una cifra: El año 2060. Prestó especial atención al libro del profeta Daniel, en especial al pasaje que sigue, correspondiente a Daniel 12, 5-7:

Yo, Daniel, seguía mirando y vi a otros dos que estaban de pie, uno a la orilla derecha del río y otro en la orilla izquierda. Uno dijo al hombre vestido de lino, que estaba sobre las aguas del río: “¿Cuándo sucederán estas cosas extraordinarias?”. Yo oí al hombre vestido de lino, que estaba sobre las aguas del río, jurar, alzando la diestra y la izquierda, por aquel que vive eternamente: “Esto será dentro de un período de tiempo, de dos períodos y de medio período, y todas estas cosas se cumplirán cuando desaparezca aquel que oprime el poder del pueblo santo”.

Urresti nos da una explicación para los cálculos del gran hombre al que el economista Keynes no dudó en apodar como “el último de los magos”. Newton concluyó que se deberían producir tres eventos antes del fin: el regreso de los judíos a su tierra, la reconquista de Jerusalén y la reconstrucción del Templo. Dos de ellos ya se han producido, pero el tercero sigue en el aire. Newton aplicó sus conocimientos matemáticos y científicos para realizar los cálculos necesarios para obtener la fatídica fecha. Para él, un tiempo era un año, dos eran dos años y medio tiempo era medio año. Haciendo caso al libro de Daniel, interpretó que los años eran 360 días y cada día era un año, resultando que los días de Daniel eran 1260 años. Luego, decidió comenzar a contar los períodos desde el año 800, ya que el 25 de diciembre de ese año se coronó a Carlomagno como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Hagan la cuenta: 800 sumado a 1260 arroja un total de 2060, la cifra que Newton apuntó en el calendario de los catastrofistas.

Pero, ¿y si los profetas no accedieran solo al futuro? ¿Y si también visualizaran el pasado al mismo tiempo? Los cataclismos, el fuego venido del cielo, los terremotos, las imágenes metafóricas o los números indescifrables no ayudan a comprender el verdadero significado de estas experiencias, y quizá ello se deba a que no correspondan a un único evento, sino a varios, producidos a lo largo de la historia. La Ciencia ya nos ha demostrado que la Tierra no ha pasado por un único periodo de vida y muerte, sino que han existido varias grandes extinciones de especies, estando en estos momentos al borde de la sexta, que según entendemos está muy relacionada con la acción del hombre. Pero al mismo tiempo, la Historia nos dice que solo ha habido una Humanidad, la nuestra. ¿Y si esto no fuera del todo cierto?

Rupert Sheldrake, biólogo y bioquímico polémico por su teoría de los “campos morfogenéticos”

Les presento ahora a Rupert Sheldrake, biólogo y bioquímico que lanzó en su momento la atrevida teoría de los campos morfogenéticos. ¿En qué consiste? Según él mismo nos cuenta: “Son los campos que organizan las moléculas, los cristales, las células y, en realidad, todos los sistemas biológicos, [también] los campos que organizan la conducta animal y la conducta de los grupos sociales”. Para Sheldrake, la memoria no reside en una parte del cerebro, sino que cada especie existente en nuestro mundo posee una especie de memoria colectiva que es legada a las nuevas generaciones, acumulando experiencias a lo largo del tiempo. Además de tener una memoria genética, existiría otra memoria universal que podría ser accesible en determinados estados de conciencia. A pesar de que suena atrevido – y ha sido muy criticado por la Ciencia – este postulado podría explicar por qué determinadas personas pueden atisbar aspectos de la realidad que para los demás son desconocidos. Una suerte de mezcla de inconsciente colectivo y de registro akásico, natural pero aun sin explicación, que ayudaría a mentes sensibles a obtener las llaves del pasado y el futuro.

Si Sheldake está en lo cierto, puede que sus campos morfogenéticos sean la clave para entender las profecías. Damos por hecho que nuestro mundo es como nos lo han explicado, y que la civilización avanzada no se remonta más allá de Sumer. ¿Pero qué ocurriría si quiénes defienden la versión ortodoxa se equivocan? Las leyendas de la caída de la Atlántida, el Zep Tepi de los egipcios o la antigüedad de la Gran Esfinge de Giza deberían ser vistas con nuevos ojos. Pasaríamos de hablar de meras leyendas y tradiciones ancestrales más o menos fundamentadas a verdades veladas por siglos de medias verdades. Las grandes catástrofes como el Diluvio Universal deberían ser aceptadas como ciertas y entenderíamos que nuestra humanidad no ha sido la primera, sino que estamos en un nuevo ciclo de civilización, que por desgracia está condenada a repetir los errores del pasado y a volver a caer en desgracia. Quizá por ello los profetas tienen visiones apocalípticas, pues acceden a imágenes donde observan el final de la anterior humanidad, a la vez que son capaces de ver qué ocurrirá en el futuro con la nuestra. Quizá la memoria de la humanidad pueda ser accesible para todos, aunque no sepamos cómo obtenerla.

Es solo una hipótesis más, pero me gustaría que tuvieran en cuenta que sí es cierto que nos acercamos peligrosamente a una extinción, y que está provocada por nuestra propia acción. A pesar de negar la evidencia, el cambio climático acelerado está acabando con los ecosistemas, y ya hemos leído titulares alarmantes sobre el incierto futuro de nuestra especie en este planeta. Mudarnos a otro mundo es una solución que se contempla a largo plazo, pero atrás podríamos dejar un planeta arrasado por la soberbia y el mal hacer con nuestro hogar. Y, aunque suene increíble, las leyendas nos relatan que no es la primera vez que nuestros pecados nos llevan al borde de la extinción, sino que somos un mal endémico en el mundo y que cíclicamente la Tierra responde y marca un nuevo inicio tras una enorme hecatombe.

Fuentes:

  • Fernández Urresti, Mariano. ¿Apocalipsis?, Ediciones Luciérnaga, 2017.

Sobre nosotros Félix Ruiz

Trabajador Social de formación y apasionado de las temáticas relacionadas con el misterio desde siempre. Redactor de noticias, escritor novel, lector compulsivo y buscador incansable de preguntas que compartir con todo aquel que sea curioso y quiera saber más.

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