Tabú o necesidad: cuando practicar canibalismo es la única forma de sobrevivir

Cuando se habla de un tabú por excelencia, muchos señalan a la práctica del canibalismo, comerse a alguien de la propia especie. La moral y la cultura han convertido esta práctica en algo prohibido, propio de personas enfermas o de épocas pasadas. Sin embargo, hay situaciones extremas en las que no cabe ningún tipo de juicio. Ocasiones en las que únicamente hay dos opciones: comer o morir.

La inanición, unido a la imposibilidad de encontrar alimento, es uno de los enemigos más crueles a los que los vivos se pueden enfrentar. Es un drama con multitud de variables diferentes y que puede dar en diversos escenarios, aunque hay algunos en los que la situación llega a ser tan extrema que no deja otra salida que encarar la última opción posible: alimentarse del prójimo, aunque sea un amigo cercano o un familiar. Es un momento que se ha dado a lo largo de la historia, y que parte de una base inherente a cualquier especie, como es el instinto de supervivencia. Ese recurso biológico y evolutivo es capaz de escapar a la razón e incluso a la voluntad de cualquier tipo de vida, incluyendo al ser dotado con razón por excelencia.

La banalización de este tipo de situaciones ha llegado sobre todo a través del cine. Los zombis y los psicokillers han sido protagonistas de multitud de películas en las que se ha dado rienda suelta a la antropofagia de forma más o menos gráfica y realista. En Motel Hell, comedia de humor negro de factura casi absurda, los hermanos Vincent e Ida Smith regentan el Motel Hello (la O parpadea y leemos Hell), que ofrece la mejor carne ahumada en muchas millas a la redonda. Su éxito deriva de los viajeros a los que cortan las cuerdas vocales y entierran en el jardín hasta que están en su punto. El silencio de los corderos, con Hannibal Lecter a la cabeza, sacó definitivamente a los asesinos psicópatas del ghetto slasher y del cine de culto. Ravenous se hace eco de la leyenda del Wendigo y de los casos reales de la Caravana Donner y Alfred Packer. El capitán John Boyrd, veterano de la Guerra de México, es acusado de cobardía y destinado a una tranquila estación de paso de los pioneros que se dirigen hacia el Oeste americano. Un día de invierno aparece en el puesto un hombre que dice llamarse Colqhoun, que cuenta una macabra historia: al quedar bloqueados por la nieve y tras agotarse los víveres, él y sus compañeros acabaron comiéndose los unos a los otros. Colqhoun no es lo que parece, y la historia se repite. Todos los habitantes del puesto tendrán que luchar por comer o ser comidos.

El último ejemplo es especialmente llamativo, porque bien es cierto que hay casos muy sonados que tienen que ver con canibalismo, pero otros que son absolutamente desconocidos para la mayoría. Y algunos de ellos tiene a esas unknown greatness del oeste estadounidense. La historia de ese país estuvo muy marcada hasta finales del siglo XIX por las caravanas hacia el Oeste, una expansión que buscaba prosperidad y riqueza, aunque fuera a costa de quienes ya habitaban aquellos lugares. Más allá de la polémica en torno a aquellos genocidios sistemáticos, las luchas intestinas entre colonos por los recursos tuvo cabida en aquella aventura en pos del sueño americano. Los viajes duraban meses, y los peligros y enfermedades acechaban en cada rincón. El clima, la fauna, la orografía del terreno y muchos aspectos más podían dar al traste con cualquier caravana en cualquier momento.

Packer fue una de las dos únicas personas estadounidenses condenadas por canibalismo. En 1874 realizó una expedición junto a un grupo de cinco exploradores. Sólo sobrevivió él. Al parecer, una ventisca provocó que quedaran aislados, a temperaturas muy bajas. Cuando Packer apareció en la aldea base, y ante las preguntas por sus compañeros de viaje, respondió que habían muerto congelados. Más tarde confesó la verdad: se los había comido. La historia quedó refrendada cuando un explorador encontró en la montaña los restos de los cinco hombres sin piel en el cuerpo. Retrató los cadáveres y presentó las imágenes ante la policía. Las autoridades ordenaron la captura de Packer,que intentó huir sin éxito. En el juicio confesó haber comido carne humana y matado a uno de ellos en legítima defensa. El juez no le creyó y fue condenado a muerte. Una apelación cambió la sentencia, que pasó a ser de cuarenta años de prisión, de los que cumplió quince.

Esta historia sirve para dejar claro que se trata de un fenómeno real, que puede acontecer con cierta frecuencia. De hecho, ocurre en la actualidad. Aunque, en los casos que se presentarán a continuación, se expondrán únicamente algunos que tienen que ver con la extrema necesidad de quienes han llevado a cabo estas prácticas, sin hacer ningún acercamiento a casos que tienen que ver con otro tipo de circunstancias. Se pondrá el foco en el hambre, esa sensación acuciante que se puede volver sumamente poderosa si tiene la oportunidad.

La Costumbre del Mar

Como base, es conocido que el cuerpo es capaz de resistir la falta de alimentos durante un tiempo, deshaciendo tejidos para seguir disponiendo de calorías que hagan que la maquinaria funcione. Si esa carencia de fuente de alimentación externa persiste, los efectos se hacen cada vez más patentes: la grasa corporal va desapareciendo, se reduce la masa muscular, la piel se seca, los cabellos caen y los huesos se vuelven más protuberantes debido a la falta de peso. Son únicamente unas pinceladas de esta terrible realidad, que inevitablemente conduce a la muerte en un lapso de tiempo nunca superior a las doce semanas.

Estas puntadas iniciales pueden unirse a dramas increíbles en determinadas circunstancias. Dramas que se dan en determinados momentos y lugares y que involucran a un grupo de personas que se ven inmersas en una vorágine en la que hay pocos o nulos recursos. Situaciones extremas relacionadas con el clima, la guerra o la soledad, en las que la petición de auxilio no es viable o de alta dificultad. Manuel Moros Peña, en Historia natural del canibalismo, da como ejemplo la conocida como Costumbre del Mar, según la cual debía decidirse a suertes quién debía ser sacrificado para que los demás pudieran seguir viviendo cuando ocurría un naufragio.

Una de esas historias de supervivencia extrema en el mar es la del ballenero Essex, que el 20 de noviembre de 1820 fue atacado por un cachalote a medio camino entre las islas Galápagos y Hawái (se dice que el Moby Dick de Herman Mellville se pudo basar en este ataque. De hecho, el libro se publicó por primera vez en 1851). Como no podía ser de otra forma, el barco se fue a pique, mientras sus veinte marineros trataban de huir. Antes de que se hundiera, los marineros pudieron rescatar del barco pan, agua fresca, clavos para los botes, un mosquete, una pistola, pólvora y algunas velas. Para desgracia de ellos marineros, no pudieron recuperar las cartas ni los instrumentos de navegación.

Dos días después del ataque, los náufragos se montaron en tres botes e intentaron alcanzar el continente en vez de buscar tierra segura. ¿Por qué lo hicieron? Al parecer, por miedo a los supuestos caníbales que habitaban la zona. Una macabra curiosidad. Las siguientes semanas fueron muy duras, pues los víveres comenzaron a escasear y tuvieron que beberse la orina para seguir hidratados. Hubo de pasar un mes del ataque para que llegaran a la isla desierta de Henderson. Era el 20 de diciembre de 1820.

Tan solo una semana después, casi todo el grupo volvió a subir a los botes. Tres de ellos decidieron permanecer en la isla. Precisamente, estos tres hombres fueron rescatados un tiempo después. La necesidad extrema llevó inevitablemente al drama, pues cuatro tripulantes (todos negros, al parecer) murieron y sus restos fueron troceados y comidos por sus compañeros. Ante el alargamiento del naufragio, al parecer el resto de la tripulación echó a suertes a quién se debía sacrificar para seguir alimentándose. Al menos, todos dieron la misma versión cuando fueron rescatados por el ballenero Indian el 23 de febrero. Había que matar a alguien más, y había que hacerlo rápido, así que se sorteó “de forma justa” quien debía ser comida de los demás. La Costumbre del Mar se tomó la vida de Owen Coffin, el grumete del barco, que no tenía responsabilidades familiares. Una excusa terrible para acabar con una vida. No tener mujer e hijos le hacía valer menos a ojos del resto, que continuaron aduciendo que todo se hizo sin ningún amaño.

Es un ejemplo menos conocido que el de la expedición Franklin, actualmente de moda debido a la proyección de la serie The Terror y los recientes hallazgos en torno a los dos barcos que formaron parte de ese viaje, el Terror y el Erebus. La situación planteada en la serie (basada en hechos reales y dejando al lado los componentes sobrenaturales) es terrible, pero absolutamente real a pesar del morbo que despierte en algunos. La historia de los 128 miembros de aquel viaje sigue estando envuelta en el misterio, pero lo que está claro es que murieron debido a que sus barcos quedaron atrapados en el hielo en el estrecho Victoria, cerca de la Isla del Rey Guillermo, en el ártico canadiense.

El caso del yate inglés Mignonette es algo diferente. Es el único en el que unos caníbales ocasionales, llevados por la extrema necesidad y el instinto de supervivencia, fueron condenados por las autoridades judiciales, pero las razones fueron políticas y la sentencia finalmente reconsiderada. Zarpó de Falmouth con destino a Sidney (Australia), el 19 de mayo de 1884 con cuatro tripulantes a bordo: el capitán Tom Dudley, Edwin Stephens, Edmund Brooks y el grumete Richard Parker. El 5 de julio el Mignonette se hundió debido al mal tiempo cerca del cabo de Buena Esperanza. Los marineros solo pudieron rescatar unas cuantas latas de nabos. La tierra más cercana estaba a 2.000 millas, así que las necesidades no tardaron en aparecer. La falta de agua hizo que Richard Parker comenzara a beber agua de mar, lo que llevó a que el joven entrara en coma el 20 de julio, un estado del que jamás despertaría.

La situación se planteó de la siguiente forma: cuatro días después, los tres marineros compañeros restantes comenzaron a valorar seriamente la opción de matar y comerse al grumete. El capitán Dudley lanzó un ultimátum, que terminaba el día 25. Si no divisaban tierra, acabarían con la vida del chico. Brooks mostró su desacuerdo, pero estaba en desventaja. Una vez transcurrido el tiempo límite, y sin tierra a la vista, Dudley rezó una oración, se fue hacia Parker con un cuchillo y le cortó la garganta. La sangre y la carne del desgraciado grumete permitió a sus tres compañeros sobrevivir durante cuatro días, hasta que fueron rescatados el día 29 por el barco alemán Moctezuma.

A pesar de las explicaciones dadas, los tres fueron juzgados por asesinato en Exeter. A pesar de la comprensión y defensa de la familia de Parker, Dudley y Stephens fueron condenados tras la declaración de Brooks. Ambos fueron sentenciados a muerte, pero la reina Victoria les conmutó la pena por seis meses de prisión. El caso se convirtió en tan mediático que el capitán Dudley emigró a Australia tras cumplir condena.

Ciudades sitiadas: el caso de Leningrado

La guerra tiene consecuencias terribles que escapan a la imaginación de cualquier persona que no la haya vivido en primera persona. Quienes observan en la seguridad de sus casas las pantallas de sus televisores, ordenadores, smartphones y tablets, se muestran en su mayoría insensibles ante un drama que supera todo extremo planteado. A lo largo de la historia, banderas, religiones, ideologías y recursos han servido para ejercer el que puede ser perfectamente el primer deporte practicado por el ser humano: esa guerra fraticida en la que unos especímenes racionales matan voluntariamente a otros por alguno o varios de los motivos anteriormente mencionados.

Más allá de las justificaciones que se quieran dar, y de los lavados de cara que se hagan por parte de los atacantes, quienes sufren los efectos más crueles de estos conflictos son siempre los civiles, personas que se ven inmersas en una pelea que no desean y de la que no pueden huir sin poner en riesgo extremo sus vidas y las de sus familiares. Antiguamente las guerras se libraban con lanzas, piedras o flechas. Luego la guerra se convirtió en una industria innovadora y llegaron las armas blancas cada vez más mortales. Carros de guerra, catapultas, cañones, armas de fuego, químicos y bombas. Todo para servir a los intereses de unos pocos, que se escondían tras sus ejércitos, masas movidas por ideas y valores por las que debían luchar y morir.

El ejemplo más terrible y célebre de guerra aconteció en el siglo pasado, y fue la Segunda Guerra Mundial. Dentro de aquel conflicto capital para la posterior historia de la humanidad, el sitio de Leningrado fue uno de los episodios más cruentos. La por aquel entonces capital rusa estuvo sitiada por el ejército del III Reich durante novecientos días, casi tres años en los que tres millones de personas quedaron aisladas. Era septiembre de 1941 y los nazis rodearon de tal forma la ciudad que nada ni nadie podía entrar o salir. Una vez llegado diciembre, no quedaba ni un solo animal que echarse a la boca. Ni perros, ni gatos, ni ratas. Se bebía cola, se arrancaban pasta de libros, se cocieron cinturones de cuero, se comían hierbas o tortas hechas con maquillaje facial. Cualquier cosa valía para paliar el hambre y la sed. El pan se convirtió en la moneda más valiosa posible. Pero la situación se volvió cada vez más difícil, y comenzaron los rumores.

Los niños comenzaron a quedarse en casa. Se cuchicheaba en los rincones sobre “hermandades de caníbales” que salían de caza a oscuras. Hubo niños desaparecidos, también mujeres. Hubo relatos que aseguraban que en los mercados comenzó a venderse pastelitos hechos de carne humana.

En Los 900 días: El sitio de Leningrado, Harrison E. Salisbury cuenta que un ciudadano vio un montón de nieve ensangrentada donde estaban las cabezas de un hombre, una mujer y una niña. Muchos soldados que volvían del frente para llevar comida a sus hambrientos familiares también fueron víctimas de los caníbales. La policía creó una división especial para perseguirlos. Llegaron a detener y encarcelar a 260 de ellos. Daniel Leonidovich Andreiev vivió todo el cerco de Leningrado y plasmó en estos versos todo el horror allí vivido:

Todo lo hemos visto…

En la lengua rusa no hay palabras para describir aquel loco invierno de guerra…

Cuando el Hermitage se estremecía con las bombas…

y se helaban las casas y reventaban las cañerías…

Cien gramos de ración…

Cadáveres en la Nevsky. Y sabemos también lo que es canibalismo. Todo lo hemos visto…

Todas estas historias, y muchas más, dan muestra de que la antropofagia es un tabú de estos tiempos, pero que ha estado muy presente desde siempre. Se relaciona en nuestros días (al menos a nivel popular) con salvajismo, enfermedad mental o pura maldad. Pero va mucho más allá. A lo largo de la historia se ha utilizado como costumbre ritual, cuento infantil, inicio de leyendas, muestra de poderío guerrero o simplemente para divertir a las masas en el cine o la literatura. Sin embargo, la humanidad y sus precursoras hicieron uso de ella como costumbre alimenticia en determinados momentos.

A estas alturas, y si han leído estos párrafos, se habrán dado cuenta de que igualmente hay situaciones en las que no hay prácticamente otra salida. Comer o ser comido. Vivir o morir. Ojalá ninguno de los que han llegado hasta aquí se vea nunca en esa tesitura. Porque ante un escenario así, ¿qué seríamos capaces de hacer?

Fuentes:

  • Moros Peña, Manuel. Historia natural del canibalismo, Nowtilus, 2008.
  • Pancorbo, Luis. El banquete humano, Siglo XXI, 2008.
  • https://www.outtherecolorado.com/the-legend-of-the-colorado-cannibal/
  • https://www.reporterherald.com/2017/06/24/alferd-packer-cannibal-buried-in-littleton/
  • https://www.atlasobscura.com/articles/objects-of-intrigue-whaleship-essex-drawing
  • https://www.dailymail.co.uk/news/article-2470795/Cannibal-horror-sailors-shipwrecked-real-Moby-Dick-Two-new-films-reveal-TRUE-story–victims-drew-lots-decide-eat-first.html
  • https://emadion.it/en/homicides/cannibals/the-cannibals-of-the-mignonette/
  • https://www.historyextra.com/period/cannibalism-at-sea-sailors-ate-the-cabin-boy/
  • https://web.archive.org/web/20090808055837/http://it.stlawu.edu/~rkreuzer/pcavallerano/leningradweb.htm
  • http://www.eyewitnesstohistory.com/leningrad.htm

Sobre nosotros Félix Ruiz

Trabajador Social de formación y apasionado de las temáticas relacionadas con el misterio desde siempre. Redactor de noticias, escritor novel, lector compulsivo y buscador incansable de preguntas que compartir con todo aquel que sea curioso y quiera saber más.

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