Los esconjuraderos: lugares de exorcismo entre lo pagano y lo cristiano

Esconjuradero de San Vicente de Labuerda, Huesca. Fuente: Creative Commons

Los ritos cristianos deben mucho a los diversos cultos paganos que fue absorbiendo en su camino ascendente hacia la dominación de la fe. Uno de ellos servía para conjurar tormentas, males de ojo o plagas. Se llevaba a cabo en un lugar muy especial: en el esconjuradero.

¿Qué es exactamente esta construcción? También conocido como comunidor en catalán, suele situarse muy cerca de una iglesia o ermita, al aire libre. Se trata de una pequeña construcción en forma de pórtico, cubierta pero a la vez abierta a los cuatro puntos cardinales. En esos lugares se refugiaban los sacerdotes de las inclemencias del tiempo, además de practicar un exorcismo en toda regla, bendiciendo con agua bendita, amuletos y oraciones para ahuyentar males diversos. Son abundantes en lugares de montaña, siendo los Pirineos el lugar predilecto para estas pequeñas edificaciones.

El más antiguo se situá en la villa de Aínsa, en Huesca, y se la conoce como Cruz Cubierta. La Cruz Cubierta alberga un pilar, que se aloja dentro de un edificio circular, contenido a su vez dentro de ocho columnas. Este remate da testimonio del origen puramente pagano de estos lugares, pues el pilar simboliza el roble petrificado, íntimamente emparentado con el mundo celta.

El mosén se adentraba en estos pequeños edificios para esconjurar cualquier mal que acechara al pueblo en cuestión donde se alojara. Allí se exorcizaban maldiciones, males de ojo o brotes de peste, aunque su uso principal era el de ahuyentar tormentas. Cuando se vislumbraba en el horizonte un fuerte temporal, todo el pueblo acompañaba al párroco hasta el esconjuradero. En la medida de lo posible, todos trataban de entrar en el círculo mágico para orar juntos, y así esconjurar la tormenta. ¿Cómo era exactamente el rito? El sacerdote vestía sus hábitos, y con agua bendita, amuleto o crucifijo en mano, se dirigía a las nubes recitando oraciones o exorcismos que pretendían evitar el temporal. Mientras tanto, los allí presentes debían tocar madera, como forma de evitar que el cielo cayera sobre ellos, en una suerte de superstición que viene de muy antiguo, heredada de los antepasados celtas. Jesús Ávila Granados nos muestra un ejemplo de conjuro contra la tormenta que se conserva en Labuerda (Huesca), en la iglesia de San Vicente. En su esconjuradero, el párroco recitaba lo siguiente, con fuerza y convencimiento:

Boiretas en san Bizien y Labuerda: no apedregaráz cuando lleguéz l’Araguás: ¡zi! ¡zas!

Cierto es que las tormentas también se combatían desde los campanarios, que contaban en muchas ocasiones con campanas dedicadas a Santa Bárbara, que cuenta entre sus atributos con el rayo, el mismo rayo elemento que mató a su padre tras decapitarla en la cima de una montaña tras ser torturada de la misma forma que San Vicente: atada al potro, desgarrada con rastrillos de hierro, tumbada en un lecho de cerámicas cortantes y quemada con hierros candentes. Si la tormenta era inminente, se hacía sonar la campana mientras el clérigo se ponía manos a la obra con los mecanismos ya descritos. El pórtico de las iglesias también era escenario de exorcismos en algunas ocasiones, sobre todo bajo el crismón, símbolo del principio y el fin del conocimiento. La necesidad de llevar estas artes a lugares más alejados propiciaron la proliferación de esconjuraderos.

Retrato de Santa Bárbara, de Francisco de Bayeu, 1767. Obra alojada en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Aldehuela de Liestos, Zaragoza. Fuente: Public Domain.

La figura del mosén sustituye en el rito cristiano a la del mítico druida celta. Ellos oficiaban sus asambleas y practicaban sus ritos en los bosques. Cuando el temporal azotaba sus lugares de reunión, observaban como los rayos alcanzaban los árboles. Si el mismo impactaba contra un roble, se etiquetaba al mismo inmediatamente como morada de los dioses. De ahí el pilar de Aínsa o la costumbre de tocar madera ante una amenaza.

¿Los curas cristianos oficiaban estos ritos a regañadientes? Pues parece que sí, al menos si conocemos la opinión que de las altas esferas tenían al respecto. Eran plenamente conscientes de que se trataba de un rito pagano, aunque ello no impedía asumirlo de alguna manera, práctica por otra parte muy habitual durante los siglos en que la fe de la cruz se extendía por todo Occidente. A pesar de los sermones de los misioneros y predicadores, no fue posible eliminar esta superstición celta, así que se decidió lo que suele ser habitual: transformarla y hacerla propia. Una vez comenzada la andadura del esconjuradero, las gentes que habitaban en los pueblos amenazados miraban con esperanza a su párroco particular, confiando en los resultados positivos del exorcismo. Y la fórmula tuvo éxito durante siglos, al menos a grandes rasgos, aunque hoy en día no entendamos muy bien en qué criterios se basaba este éxito. Pero ya en tiempos modernos hizo su entrada en escena la omnipresente Inquisición, que veía en esos ritos un arte del demonio, como todo lo que olía a pagano. Un ejemplo claro de este pensamiento puede encontrarse en las palabras del inquisidor fray Martín de Castañega, quien en una obra de 1529 criticaba estas artes de la siguiente forma: «Juegan con la nube como con una pelota». «Procuran echar la nube fuera de su término y que caiga en el de su vecino».

Todo este asunto supuso el principio del fin de estos lugares sagrados. Hoy, sin embargo, siguen en pie, desafiando al tiempo. En Cataluña, Valencia y sobre todo Aragón, siguen dando testimonio de lo que una vez fueron: lugares de protección contra las fuerzas terribles de la Naturaleza o el Más Allá.

Fuentes:

– Ávila Granados, Jesús. Simbología Sagrada; las claves ocultas de la Historia de las Religiones, Diversa, 2017.

– Callejo Cabo, Jesús e Iniesta, José Antonio. Testigos del prodigio: oficios ocultos y profesiones insólitas, Anaya, 2001.

Sobre nosotros Félix Ruiz

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