Las fotografías post-mórtem: retratos entre dos mundos

El último recuerdo que se tiene de una persona antes de morir puede influir notablemente en el futuro de cualquier persona. Creo que todos nosotros, más allá de las circunstancias personales de cada uno, tratamos de conservar recuerdos agradables de nuestros seres queridos ya fallecidos. Una sonrisa, un día juntos, una cena o una conversación. Retazos de unas vivencias que ya no podremos compartir con esa otra persona que ya ha cruzado el umbral. En nuestro siglo XXI, la muerte es signo de pérdida irremediable – a pesar de que la Ciencia trate de borrar ese umbral – pero en tiempos pasados no siempre fue así. De hecho, por algunos era visto como un verdadero privilegio. Además, los momentos inmediatamente posteriores a la muerte podían ser los últimos para compartir con el ser querido, por lo que tomar una fotografía del mismo se antojaba como una buena idea. Es por ello que escribo estas palabras.

Unos padres posan junto a su hija fallecida, que permanece con los ojos abiertos.

No es la primera vez que hablo de esta práctica. Allá por el 2013 estuve indagando en el asunto y escribí un dossier sobre el mismo en la antigua web de Misterio Red. Hace poco me topé con ese dossier mientras revisaba mis archivos en busca de documentación para otro trabajo, pero al darme de bruces con estas fotografías me di cuenta de que tienen una fuerza de atracción de la que no puedo escapar. Es por ello que le voy a dedicar al asunto un artículo muy extenso, de hecho el más extenso hasta hoy. Pero pienso que merece la pena y que el tema lo merece, pues me hizo pasar muchas horas inmerso entre fotografías y testimonios. Ya en ese momento decidí “censurar” las fotos en la nota que generé en la antigua web, para que solo pudieran visualizarse si así lo querían los lectores. Esta vez solo subiré algunas, por aquello de no herir demasiado la sensibilidad de cada uno.

Antecedentes

¿Dónde nació esta práctica? Debemos viajar al París del siglo XIX para encontrar su génesis. Concretamente, fue el 19 de agosto de 1839, fecha en la que se produjo la primera fotografía de este tipo. He escrito fotografía a propósito. Me explico. El retrato de difuntos no era algo nuevo, ya que en el Renacimiento ya existían retratos del denominado memento mori. Ya sabéis, aquello de “recuerda que eres mortal”. En estos retratos aparecían tanto clérigos como niños, en unos para representar la vanidad y los otros para “preservar” de alguna forma su pureza. Estaréis de acuerdo conmigo cuando digo que otras artes mortuorias como la momificación o la elaboración de máscaras mortuorias – como la famosa máscara de Dante, célebre de nuevo en los últimos años gracias a Dan Brown – buscaban conservar parte de la existencia de determinadas personas en este mundo.

Vamos a extendernos un poco más en estos antecedentes. Para los antiguos Olmecas el jade era un elemento vital. En el caso de los mayas, ellos inmortalizaban el rostro de los difuntos con máscaras de jade. Éste era un elemento asimilado con la vida, la fertilidad y el poder. De hecho, era reverenciado por encima del oro. La creación según los mayas habla de tres piedras que fueron colocadas por el Dios del Maíz, en el momento de la fundación del mundo. En las representaciones cerámicas de este relato halladas en tumbas reales mayas se usaban tres piedras de jade, lo que refleja la importancia del mismo. El jade representaba el poder, como lo era en China, donde el jade verde se reservaba a los emperadores.

El caso de la técnica de las máscaras mortuorias brevemente mencionado antes también es digno de mención. Eran usadas anteriormente en Roma, sobre todo por parte de nobles y monarcas. Sólo los influyentes tenían acceso a las mismas, contando entre ellos a algunos artistas o pensadores. Una vertiente aparecida en Europa posteriormente fue la de los grabados de rostros en las lápidas de los difuntos, que buscaban conservar la memoria física de los mismos tras su partida de este mundo.

Ya en la Edad Media se desarrollaron algunas teorías sobre Antropometría, que intentaba ver signos de inteligencia o criminalidad en rasgos faciales, lo que llevó a hacer moldes de rostros personas vivas, no ya únicamente muertas. Desde luego, los reyes europeos se abonaron a la práctica de la máscara mortuoria, para que sus súbditos recordaran que una vez gobernó sobre sus tierras.

La época victoriana y el Romanticismo

Aclarado este punto, y tras habernos extendido un poco sobre él, debemos adentrarnos en el contexto social en el que surgió este movimiento para entender por qué se decidía hacer fotografías de personas muertas sin ninguna sensación de morbo. El Romanticismo fue un movimiento reaccionario frente al racionalismo ilustrado y el Neoclasicismo. Su máximo apogeo se alcanzó precisamente durante esa primera mitad del siglo XIX en la que nació la técnica de la fotografía post-mórtem. Aquí se exalta la personalidad de cada individuo y sus propios sentimientos. De la misma forma, aleja a ese individuo de las reglas clásicas y favoreció el Liberalismo. En su vertiente literaria ayudó al posterior desarrollo de corrientes como el Simbolismo o el Surrealismo del siglo XX. También debo comentar que el excesivo idealismo chocaba con la realidad del mundo de aquella época, por lo general materialista y pobre. Ésto llevó a bastantes artistas a morir jóvenes, ya que se suicidaban por no encontrar en este mundo lo que sus mentes vislumbraban como hermoso y perfecto.

Cada país presentó sus propias particularidades, ya que cada contexto era diferente. El caso de Reino Unido es paradigmático, ya que representa el fuerte contraste entre el auge de la Revolución Industrial y la pobreza que se vivía en sus calles, que no disminuía pese a la bonanza del Imperio británico. Era la conocida época del Victorianismo – nombre emanado del reinado de la reina Victoria I (1819-1901, aunque reinó desde 1837) –, en la que hubo tiempo para que se produjeran multitud de cambios sociales. En las primeras décadas hubo varias epidemias importantes en el país y varias crisis económicas, factores que unidos resultan letales.

La media de vida era de unos cuarenta años, mientras que más o menos el quince por ciento de los niños moría justo después de nacer. Otros, en cambio, caían por culpa de enfermedades como la viruela o el sarampión, por no hablar del hambre. Si superaban el umbral de los cuatro años, los niños pobres debían trabajar en la industria textil o en las minas, ya que la Iglesia no podía hacerse cargo de todos. El puritanismo seguía dando coletazos allí, ya que se seguía dando especial importancia a cosas como la moral o la fe. Tras este pequeño esbozo, quiero recomendar encarecidamente una lectura que ofrece un retrato literario bastante acertado de ese periodo, y esa no es otra que Oliver Twist.

La combinación de estos factores culturales y sociales fueron el caldo de cultivo del fenómeno de la fotografía pos-mórtem, que como dije no se une en ningún momento al morbo. Solo faltaba un factor detonante para que se extendiera la fiebre por el retrato fotográfico de ultratumba, y el mismo vino de la mano de Louis Daguerre.

La técnica tras la fotografía post-mórtem

Al principio de este artículo dije que la técnica de la fotografía post-mórtem nació en París en 1839. Pues bien, lo hizo gracias a Louis Daguerre, quien a partir de experiencias previas de Niépce ideó el daguerrotipo. En la práctica, el daguerrotipo se forma sobre una superficie de plata pulida como un espejo, mientras que las placas eran de cobre plateado. La imagen que se revelaba estaba formada por partículas de mercurio y plata, tras exponer las placas a vapores de yodo, buscando con ello que fueran fotosensibles. Los principales inconvenientes del daguerrotipo eran sus largos tiempos de exposición – que al principio eran de más de diez minutos – y su carácter único, ya que era imposible obtener copias al no existir negativo, ya que el daguerrotipo era positivo y negativo a la vez. Habría que tomar otra fotografía en la misma posición para que la misma se considerara copia.

La técnica permitía que se retratara a los difuntos, por lo que muchas familias se lanzaron a retratar a sus seres queridos recién fallecidos junto a ellos, en estampas familiares que hoy nos pueden parecer macabras, pero que en aquel contexto eran una bonita forma de recordar a los que ya no estaban. De hecho, para algunas familias se convirtió en la única forma de tener un recuerdo visual en la que todos estuvieran juntos.

Al observar algunas fotografías de este tipo podemos no ser conscientes de la cantidad de artilugios que debieron usar los fotógrafos para intentar borrar la crudeza de las imágenes obtenidas. Había que embellecer en cierta forma el momento, por lo que se maquillaba al muerto, se le colocaba en una pose adecuada y se le sujetaba la cabeza y el cuerpo con soportes disimulados. Hay algunas – como en el caso de bebés – en los que la propia madre hace de soporte, tras unas cortinas, por ejemplo.

El simbolismo también jugaba un papel importante en estos retratos. En algunas fotografías aparecen relojes que señalan la hora de la muerte, o rosas con el tallo corto y vueltas hacia abajo, para simbolizar la muerte. A sacerdotes o monjas se les retrataba con sus hábitos, y a los militares con sus uniformes. Si un pariente acompañaba al fallecido en el retrato señalaba el momento en el que éste encajaba en la historia familiar. Por ejemplo, podía retratarse a un bebé junto a sus hermanos, al marido junto a su mujer o a la abuela junto a sus nietos. Los dolientes posaban de manera solemne, sin mostrar dolor en sus rostros, en un gesto estoico que debía durar todo el proceso. Imaginad lo que sería algo así en nuestros días.

Una madre sujetando a su hija durante la toma de un daguerrotipo

Generalmente, las fotografías post-mórtem se englobaban en tres grandes grupos, según la exposición del fallecido:

1. Las que pretendían simular que seguía vivo. Con los ojos abiertos, sobre todo, acompañado de su familia.

2. Las que lo retrataban simulando estar dormido. Se daba mayoritariamente en recién nacidos.

3. Las que no simulaban nada, siendo imágenes espontáneas. Sobre todo, en el lecho de muerte.

Los retratos de muertos estaban a la orden del día. Tanto, que hubo personas dedicadas íntegramente a ello. Por ejemplo, en el diario argentino “El Nacional” – fundado en 1861 por Dalmasco Vélez Sársfield – se publicaba que el fotógrafo Francisco Rave y su socio José María Aguilar «Retratan cadáveres a domicilio, a precios acomodados…». Por todo el continente americano proliferaban nombres dedicados a estas fotografías, como el francés Daviette, quien en conjunto con el profesor Furnier se ofrecían en Perú durante los años 1844-1846 para retratar a difuntos a través de un diario local, donde se anunciaba como «artista fotogénico recién llegado de París» que se encargaba de «retratar los difuntos como cuadros al óleo».

Éstos son solo dos pequeños ejemplos, de los que desde luego hay muchos más. No penséis que la cosa acabó cuando el tiempo avanzó y entramos en épocas más modernas. A pesar de lo que los lectores puedan pensar, el movimiento no se quedó en el siglo XIX, sino que continua hasta nuestros días. Se sigue presentando a los difuntos bajo nuevas perspectivas y usando nuevas técnicas, muy cercanas en algunos casos a nuestro fotoperiodismo actual.

Los angelitos, el caso más polémico

Un ejemplo de foto de “angelito”, con los ojos entreabiertos

Visto lo visto, podemos estar de acuerdo en que la fotografía post-mórtem era algo bastante extendido por buena parte de Europa y América. Pero hay un caso especial del que aun no he hablado, y ese es el de los “angelitos”, retratos de bebés o niños recientemente fallecidos, que supusieron un caso aparte. La mayor desgracia para unos padres es la pérdida de un hijo, y más aun si éste era un recién nacido. Ésto ha sido así a través de toda la Historia. En la antigüedad se les enterraba con algún juguete u objeto de uso cotidiano. En la Edad Media se les escribían epitafios para reflejar su juventud y el dolor de la familia. En el asunto que nos ocupa, y entendiendo que todo era voluntad de Dios, a los retratos de estos pequeños se les bautizó como “angelitos” a partir del siglo XIX.

En América fueron bastante frecuentes. Allí, en el marco del puritanismo o en el de algunos contextos culturales de Sudamérica, se consideraba que los pequeños no habían cometido pecado, y generalmente se convertían en ángeles tras su muerte. Si el fallecido no estaba bautizado, se le retrataba y enterraba con los ojos abiertos, para que viese la gloria de Dios. Aunque eso, por desgracia, no evitaba que cayeran en el Limbo. A pesar de ese detalle, sus velatorios se convertían en ejercicios de optimismo, pues se pensaba que Dios los acogería por ser puros. Durante la noche se entonaban cantos de despedida, y no hacía falta la ayuda de la Iglesia, pues se consideraba a estas personas libres de toda sospecha de mal. El contraste entre el comprensible dolor y la esperanza de una vida mejor encontraba en estos eventos su máxima expresión.

Los “angelitos” eran transportados al cementerio acompañados de música y cohetes. La cruz procesional no llevaba asta, pues así se representaba la brevedad de la vida que se acababa de perder. Ya en el lugar de entierro, el sacerdote usaba vestiduras blancas y se hacían repiques de campanas en honor del pequeño o pequeña que estaba a punto ser depositado bajo tierra. El Réquiem a eternam se sustituía por el Gloria Patri. Se cantaba la Antifonía Jueves, se leía un salmo, se cantaba en Benedicite Dominum y luego los Tres niños y el Oremus.

Una parafernalia demasiado alegre para un suceso así, quizá. Pero no olvidemos que en otros lugares y otras culturas la muerte está muy presente en el día a día. Véase si no el caso de México. Más allá de ello, no hemos de obviar que existen muchísimas interpretaciones sobre la muerte, y el fenómeno de la fotografía post-mórtem es solo una expresión más, que no deja de reflejar una realidad de la que muchos tratan de escapar durante toda su vida: la muerte es muy real, y antes o después alcanzará a todos.

Fuentes:

http://thanatos.net/galleries/

– De la Cruz Licher, Virginia. El retrato y la muerte: la tradición de la fotografía post-mórtem en España, Temporae, 2013.

– Ruby, Jay. Secure the Shadow: Death and Photography in America. Boston, 1995.

Sobre nosotros Félix Ruiz

Trabajador Social de formación y apasionado de las temáticas relacionadas con el misterio desde siempre. Redactor de noticias, escritor novel, lector compulsivo y buscador incansable de preguntas que compartir con todo aquel que sea curioso y quiera saber más.

Comentarios cerrados.