Heliogábalo, el emperador hereje que soñaba con ser emperatriz

Dado que deseaba [Heliogábalo] tener una reputación de adúltera, en este aspecto también imitaba a la mayoría de las mujeres impúdicas, y a menudo se permitía ser pillado in fraganti, a consecuencia de lo cual acostumbraba a ser violentamente reprendida por su marido [Hierocles] y golpeada hasta ponerle los ojos morados. Su afecto por este esposo no era una inclinación suave sino una pasión ardiente y firmemente asentada, más aún cuando después de este severo trato vejatorio, lo amaba aún más y deseaba coronarlo César en ese mismo instante.”

«¡Menudo comienzo para un artículo!», pensará alguno o alguna. ¿Os parece una descripción fuerte? Pues así habló Dion Casio en su Historia Romana – LXXX 15, 3-4 – de este personaje. La verdad es que se ajusta bastante a lo que fue el corto reinado de nuestro protagonista. Vario Avito Basiano no es de los emperadores más infames a los que se suele citar, pero ciertamente su nombre merece ser recordado. Primero por su posición y segundo por su excentricidad. Cuatro escasos años en el trono estuvo, y ciertamente dieron para mucho. Incluso para sufrir una damnatio memoriae, quizá la misma que hasta el siglo XIX no permitió que la crítica y la revisión histórica sacasen a este hombre del olvido.

Las rosas de Heliogábalo, obra de sir Lawrence Alma-Tadema, 1888.

Sabemos cómo acabó el imperio romano, cierto. Pero también lo es que conocemos bastante más a otros emperadores que a este miembro de la familia Basiano. La Historia – aunque las malas lenguas y la leyenda negra también tienen su parte de culpa – ha colocado a Nerón y su supuesta quema de Roma, a Calígula y al nombramiento de su caballo como Cónsul o a Cómodo y sus luchas como gladiador como ejemplos nada edificantes de cómo gobernar un imperio. Pero una buena parte del público en general apenas ha oído hablar de Heliogábalo. Y eso, amigos y amigas, no se puede permitir. De ahí que le dedique unas palabras.

Un adolescente sacerdote

Para comenzar a entender la repercusión de Vario, debemos retroceder hasta el siglo III. No era una época fácil para Roma. De hecho, era la peor posible, en lo político y en lo económico. En ese caldo de cultivo que voy a resumir a continuación vino al mundo nuestro personaje, en la ciudad de Emesa, en la actual Siria. Concretamente, en el año 203. Era hijo del senador Sexto Vario Marcelo y de Julia Soemias Basiana, sobrina de Septimio Severo y prima de Caracalla. Estamos, por tanto, ante una familia de postín.

Los últimos ejemplos de la lista de emperadores no mejoraron lo que logró el añorado Marco Aurelio. Primero llegó Cómodo, para dar paso al rígido Pertinax. Luego se produjo la subasta de la corona por parte de los pretorianos en el año 193, que tuvo como ganador a Juliano, que a la vez se encontró con tres oponentes nombrados por las legiones fronterizas: Nigro en Siria, Albino en Britania y Septimio Severo en Iliria y Panonia. Fue este último el que se llevó el gato al agua, gobernando con puño de hierro. Fundó su propia dinastía, continuada por Marco Aurelio Severo Antonino Augusto, un amigo ya mencionado anteriormente. Sí, Caracalla. Sus salidas de tono y la guerra contra los partos en la que se aventuró le costaron la vida, que le fue arrebatada por Macrino, prefecto pretoriano que se convirtió en emperador.

Es en este contexto y esta tesitura cuando nos encontramos con el sobrino de Caracalla, por aquel entonces un adolescente. Su familia huía de Macrino, quien buscaba acabar con los candidatos que pudieran hacerle sombra. La familia del joven postor tenía un as bajo la manga: aseguraban que el pequeño Basiano era hijo de Caracalla, para así reforzar sus aspiraciones. No hizo falta mucha presión, pues Macrino se hundió solito a los dos años de reinado, al bajarle el sueldo a los soldados. Las legiones se volvieron contra él y le asesinaron, junto a su hijo, tras tratar de escapar de su destino bajo un disfraz. Por si acaso, la familia de Vario repartió dinero entre la Tercera Legión para asegurarse su apoyo. En mayo del año 218 el adolescente se convertía en todo un emperador, debiendo abandonar la labor que más disfrutaba por aquel entonces: su papel como adorador de El-Gabal.

¿Qué dios era este El-Gabal? Al parecer se trataba de una divinidad siria procedente de Emesa. Su nombre invita a pensar en que podría tratarse del mismo ser que una vez se llamó Moloch Baal, quien a su vez vendría procedería del Baal de los cananeos. Los romanos tenían su propia versión de Baal, que no era otro que Saturno. Pero más allá de estas cuestiones de sincretismo religioso, lo que debemos saber es que el joven Basiano era conocido como Heliogábalo gracias a El-Gabal – en latín Elagabalus – ya que era su sumo sacerdote. Sí, un verdadero hereje dentro de Roma, en la cúspide del poder.

Estamos en una época de claro aperturismo hacia las religiones orientales – bastante cristiano había ya suelto por ahí –, lo que ayudó a que Heliogábalo diera rienda suelta a su culto, al que nunca renunció y que fortaleció a expensas de la mala fama que se estaba ganando entre su pueblo. El Senado – debilitado tras el régimen militar de los Severo – tuvo que aguantar los deseos del nuevo emperador, aunque a regañadientes. A orden de Heliogábalo se colocaron efigies suyas retratado como su dios El-Gabal, llegando luego más lejos al asimilarlo con el Sol Invicto. Así, lo aupó a la cabeza del panteón, adorándolo en los solsticios. Una provocación en toda regla. Incluso levantó un templo en su honor en el Palatino, aprovechando uno a medio hacer que comenzó Domiciano, y que llevó por nombre el Elagabalium. Se trató de un edificio de planta rectangular de setenta por cuarenta, donde reposaba la imagen del dios representado como una piedra cónica negra, quizá procedente de un meteorito.

¿Bastaba ésto para que Heliogábalo sufriera una damnatio memoriae tras su muerte? Pues a pesar de ser uno de los motivos, hubo bastante más. Como habréis notado, aun no hemos hablado nada de su vida personal, esa de la que hablaba Dion Casio con tanta crudeza. Ha llegado el momento de repasar algunas cosas sobre la misma.

Busto de Heliogábalo en los Museos Capitolinos

Una vida llena de excesos

Estamos ante todo un promiscuo. A pesar de que ésto pueda parecer bastante común en aquel tiempo, no lo es tanto que un emperador quisiera aupar a la posición de césar un esclavo. Sí, Se casó cinco veces antes de morir – una de ellas, la primera, era una vestal. Imaginad el escándalo, ya que las vestales debían ser vírgenes durante treinta años tras su entrada al sacerdocio –, pero Heliogábalo era realmente homosexual. De hecho, uno de sus sueños más fuertes era poder desprenderse de sus genitales masculinos y cambiarlos por los de una mujer. De hecho, aseguraba que daría enormes riquezas a aquel médico que lograra tamaña proeza. Le podríamos reivindicar como el primer transgénero de la historia. Pero cuidado, porque también estamos ante alguien tremendamente vil, más allá de su vida a contracorriente. Oficiaba el rito a El-Gabal con «atuendo afeminado», según el historiador Herodiano. Peor aun era su actitud ante el ídolo que representaba a su dios, al Heliogábalo no dudaba en tocar de manera digamos “provocativa”.

Aunque sus matrimonios de conveniencia dieron que hablar, su mayor provocación vino de la mano de su escapada lasciva, podríamos decir. No dudó en mandar a buscar por todo el imperio hombres que satisficieran sus instintos sexuales. Así conoció primero a Hierocles, esclavo natural de Esmirna (Turquía), y a Aurelio Zotico, famoso atleta griego. Ambos fueron esposos de Heliogábalo, que trató de coronar al primero como César, tal como se desprende de las palabras de Dion Casio. El emperador, por su parte, pretendía ser una emperatriz consorte. Una historia de amor digna de película de Hollywood, si no fuera por los malos tratos que recibía nuestro protagonista. Por su parte, Aurelio Zotico fue la única relación de Heliogábalo que le sobrevivió, al ser desterrado poco antes de la muerte de éste.

Aun con todo lo ya comentado, también se sospecha que se exageraron un poco los actos de el amigo Vario, cosa que no nos debe extrañar. Ya deberíamos saber el peso que tienen las leyendas y las habladurías sobre el legado de una persona, y más cuando alcanza una posición insigne. En el caso que nos atañe, se contaba y aun se cuenta que Heliogábalo se prostituía en el palacio y en las calles, ya que su papel de sumo sacerdote de El-Gabal así lo requería (una suerte de prostituto sagrado). El Elagabalium sería escenario de orgías rituales y de sacrificios humanos, según los detractores del emperador. De hecho, se especula con que sacrificaba niños de toda Italia para así leer los augurios gracias a sus entrañas.

Los excesos no acabaron, sino que crecieron conforme avanzaban los cuatro años de su reinado. Mandó construir unos baños públicos en el palacio para su “uso personal”, se llevó consigo a palacio a hombres de toda clase que le agradaron y acabó exhibiéndose desnudo en una habitación desde la que se ofrecía a todo aquel que pasaba. A pesar de ello, este “carpe diem” no logró que Heliogábalo olvidara a la figura de la Muerte. Hizo levantar una torre de suicidio muy alta y dorada para hacer ver a los demás que incluso su muerte podía ser lujosa y única.

Hubo un último factor que encendió las iras de los poderes de Roma, y éste no es otro que el poder que alcanzaron determinadas mujeres en la corte. ¿Quiénes movían los hilos que se vislumbraban tras el extraño emperador? Pues las de las mujeres de su propia familia: su abuela Julia Maesa, su madre Julia Soemia y su tía Julia Mamea. Dos de ellas incluso fueron senadoras. Un acto que ayudó a precipitar los acontecimientos que acabarían con la vida del adolescente.

El ocaso de una vida frenética

A pesar de que su abuela consiguió que olvidara el tema de Hierocles y nombrara heredero a su primo Alejandro Severo, la sentencia de muerte no podía ser esquivada ya. Preso de una mente un tanto especial, el emperador revocó lo dicho sobre Alejandro Severo, finiquitando así sus pocas opciones de supervivencia. Su guardia pretoriana personal lo asesinó en unas letrinas en el año 222, merced a un complot urdido por su tía y su abuela. De paso, mataron también a la madre del susodicho, siendo ambos decapitados y arrastrados por toda Roma antes de ser arrojados al Tíber. Un final tan llamativo como los dieciocho escasos años que Heliogábalo alcanzó a vivir.

¿Qué ocurrió después? Pues la terrible damnatio memoriae dictada por el Senado, con el borrado de su nombre de todo registro, la destrucción de su memoria y la prohibición de mencionar su propio nombre. El-Gabal no corrió mejor suerte, pues fue proscrito y el Elagabalium destruido. Así, todo lo que obró el joven en este mundo fue vetado hasta siglos después, donde aun no aparece con todo el peso que merece en los libros de Historia. Si acaso, como una figura satírica que es mejor no mencionar. Depravado o demente son solo algunos de los poco sutiles adjetivos que se usan para referirse a él. Pero más allá de eso, hemos de ver al ser humano que vivió al máximo cada día de su vida, que alcanzó la máxima expresión del poder de su tiempo y que cayó presa de sus propias acciones y de las intrigas políticas de su tiempo. Sacerdote, emperador y amante sin límites, Heliogábalo es uno de esos personajes que es digno de mención pero que pocas veces es recordado. Espero que estas palabras hayan servido para que alguien más sepa de su singular vida.

Fuentes:

– Casio, Dion. Historia Romana, Gredos, 2011.

– VVAA. Historia Augusta, Akal, 1990.

– Novillo López, Miguel Ángel. Breve historia de roma, Nowtilus, 2012.

 

Sobre nosotros Félix Ruiz

Trabajador Social de formación y apasionado de las temáticas relacionadas con el misterio desde siempre. Redactor de noticias, escritor novel, lector compulsivo y buscador incansable de preguntas que compartir con todo aquel que sea curioso y quiera saber más.

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