Ezkioga: la Guerra Civil española profetizada por la aparición de una “Virgen política”

Año 1931, Guipúzcoa. Nos encontramos en tiempos extraños, en aquella España previa al que sería uno de los capítulos más tristes y difíciles de superar de los últimos dos siglos: nuestra Guerra Civil. Digo que eran tiempos extraños porque en aquellos años se produjeron eventos que pretendían ser usados en favor de alguno de los bandos ideológicamente enfrentados que poblaban el panorama político. En aquel mismo año se celebraron elecciones generales, dentro del marco de la II República. Los bloques estaban bien definidos. Por un lado teníamos a la Conjunción Republicano-Socialista – PSOE, radicalsocialistas, Derecha Liberal Republicana, Acción Republicana y los radicales de Lerroux – y por otro la derecha antirrepublicana, que acudió dividida, por lo que perdió aquellas elecciones que dieron lugar al conocido como Bienio Reformista, que duró hasta 1933.

Aquellas elecciones no fueron unas más. De hecho, fueron bastante revolucionarias para un país que seguía debatiéndose entre la tradición – asociada a la monarquía y a la Iglesia – y la modernidad establecida por aquella República que pretendía impulsar una nueva Constitución. Las mujeres no pudieron votar, pero sí que podían ser elegidas para representar al pueblo en el Parlamento. Tres mujeres alcanzaron ese honor, un hito en la historia de España. La segunda vuelta de aquellas elecciones se prolongaron diversos meses, hasta finalizar en noviembre de aquel año de 1931.

¿Por qué hago referencia a estas elecciones y un resumen del marco político general en España? Porque en aquel caldo de cultivo se gestaron varios sucesos extraños que contribuyeron, en mayor o menor medida, a aumentar la tensión en la sociedad de la época. Me refiero, sobre todo, a las supuestas apariciones marianas que se produjeron en aquellos tiempos. En primer lugar haré mención a una producida en Huesca, concretamente en Torralba de Aragón. Allí, junto a la iglesia local, unos niños jugaban y se divertían cuando vieron una imagen que les impactó. Siguieron a una extraña figura que se adentró en la iglesia y que pronunció unas palabras que luego fueron atribuidas a la Virgen: «!No maltratéis a mi hijo!». ¿Por qué dijo esto el supuesto ente? Al parecer, poco antes unos anarquistas habían roto el crucifijo del ayuntamiento del pueblo, lo que alimentó las especulaciones. Desde luego, los rotativos católicos llamaron la atención sobre este punto.

Pero sería en Guipúzcoa donde decenas de miles de creyentes y curiosos centraron su atención durante aquel año de 1931. La Iglesia, los nacionalistas vascos y los políticos españolistas – entendidos como aquellos contrarios a la República, sin ninguna connotación peyorativa – usaron aquellos incidentes como mecha para encender losa ánimos de cierto sector de la sociedad. Ezkioga pertenecía al partido judicial de Azpeitia, diócesis de Vitoria, situada en la carretera general de Francia, en la falda del monte Isasmendi. Nuestra localidad queda limitada por Gaviria al sur, Azpeitia al norte, Zumárraga al oeste e Ichaso al este.

El día 30 de junio de 1931 se produce un primer encuentro con lo extraño. Los protagonistas son Antonia y Andrés Bereciartúa, de once y siete años respectivamente. Ninguno de los niños conoce el castellano, pero eso no fue impedimento para que la Virgen tratara con los hermanos. Los pequeños transportaban una marmita de leche vacía hasta su casa, cuando hacen un alto en el camino para descansar. En un grupo de robles cercanos, se materializa una extraña figura, a la que Antonia identifica rápidamente, siempre según los testimonios posteriores, quizá debidamente manipulados. La escena, desde luego, parece extraña, pues ambos chiquillos rezan el Ave María mientras observan a la “Señora”, que desapareció en cuanto terminó la oración. Este encuentro sería el primero de muchos que se sucedieron en los siguientes meses.

Las habladurías se extendieron hasta la vecina Zumárraga, cuyos párroco y coadjutor se interesaron por la historia de los hermanos Bereciartúa. En una primera visita en compañía de los hombres los niños dicen no ver nada, pero cuando el coadjutor se marchó y solo quedó el párroco, la visión volvió a hacerse presente, esta vez aparentemente en actitud de rezo. Comenzó así a instituirse un movimiento devoto en torno al robledal. El número de visitantes iba en aumento día a día. Pero no solo eso, sino que el número de videntes también ascendió.

El momento cumbre llegó el 16 de octubre, cuando se dieron cita en el lugar unas 80.000 personas. Una cifra increíble, que se vio alimentada por las crónicas que se escribían sobre el fenómeno desde los tabloides católicos vascos. El fenómeno creció de tal forma que se creo una especie de comisión a su alrededor, formada por personalidades y autoridades del lugar, entre ellos sacerdotes, un médico o el mismo alcalde de Ezkioga. El médico examinaba a los supuestos videntes mientras los sacerdotes los interrogaban sobre las visiones del robledal, donde la figura identificada con la Virgen seguía haciendo de las suyas.

Resulta muy curioso el cariz político que adquirieron estos acontecimientos. Desde luego, la Iglesia permanecía neutral sobre el asunto, ya que la proliferación de estos extraños encuentros seguía sin una explicación satisfactoria. El escepticismo de las altas esferas del catolicismo sobre las apariciones marianas son bien conocidas en la actualidad. Solo hay que echar un ojo a la lista de apariciones reconocidas como ciertas que, a pesar de ser bastantes, son solo una mínima parte de todas las que se asegura que han ocurrido. La prensa nacionalista vasca intentó usar las supuestas proclamas de los videntes para hacer ver a sus lectores que la Virgen sentía especial simpatía por su pueblo. En aquellos meses se leyeron titulares como éste del diario Arguia: «Esperemos que la Virgen de Ezkioga nos ayude desde esa colina a liberar a Euskadi, para que viva siempre en su amor.»

Solo fue el primer paso de la manipulación y politización de las visiones de Ezkioga. Nunca es fácil saber hasta qué punto un suceso de esta naturaleza es verídico y dónde comienza la tergiversación. Véase por ejemplo el caso de Fátima, célebre en el campo de las apariciones marianas. Los mensajes fueron tomando un cariz más sombrío con el paso de los meses. Los supuestos mensajes de la Virgen de Ezkioga, que seguía haciéndose ver en el robledal donde se presentó a los hermanos Bereciartúa por primera vez, tomaban un cariz más agresivo y amenazador. De hecho, alguno de los videntes llegaron a decir que la imagen portaba una espada, como símbolo de su sed de venganza y justicia contra aquellos que amenazaban el culto católico. Una de las visiones más célebres fue la de Patxi Goicoetxea, que aseguraba que a finales de julio de 1931: «La Virgen me dijo que habrá una gran guerra civil entre católicos y no católicos. Al principio los católicos sufrirán seriamente y perderán muchos hombres, pero al final triunfarán con la ayuda de veinticinco ángeles de Nuestra Señora.» Un alarmante mensaje, desde luego, que estaría presente unos años después, en plena Guerra Civil.

¿Pero de verdad hablamos de una profecía? Los medios republicanos entraron en liza para asegurar que todo el asunto era una burda mentira, una alucinación orquestada por la derecha para desestabilizar la República. Por su parte, una parte del clero católico le dio credibilidad al asunto, como el obispo de Barcelona, que aludían a la grandeza de España al amparo de las proclamas cada vez más hostiles contra los republicanos de la Señora de Ezkioga.

Incluso hubo sociedades secretas que hicieron su aparición entre los mensajes de la misteriosa entidad. Benita Aguirre habló sobre los Crucíferos en 1933, cuando aun se sucedían apariciones en el famoso robledal de la pequeña villa guipuzcoana. ¿Qué quiénes eran los Crucíferos? Pues un movimiento fundado por el sacerdote José Domingo Corbató en 1900, que se infiltró en la Iglesia española, y que tenía como modelo a los mismísimos Templarios. Y es que Corbató pretendía que su movimiento fuera una especie de orden militar. Benita Aguirre hizo referencia alguna vez a la figura del Gran Monarca, un personaje que pertenecía al ámbito de las enseñanzas crucíferas: «Luego de que hayan pasado los castigos habrá una sola religión llamada de los Crucíferos, que salvará al mundo entero, predicando la verdadera fe y conquistando a ella las almas. El jefe de los dichos Crucíferos será un hombre muy santo.»

¿Saben a quién podía referirse la Virgen de Ezkioga cuando hablaba a través de Benita Aguirre? Tras la Guerra Civil, muchos dirigentes católicos no dudaron en señalar al general Francisco Franco. ¿Una Virgen había advertido sobre la llegada de la Guerra Civil y adelantó el triunfo del dictador? Difícil de creer, más aun teniendo en cuenta lo politizado que estuvo el asunto casi desde sus inicios. Ya sabemos cómo acabó el asunto de la tensión política: estalló la guerra fraticida que ganó el bando nacional liderado por el general Franco, dando paso a cuatro décadas de dictadura de la que España aun no se ha repuesto del todo, a pesar de querer borrar todo recuerdo del conflicto y sus consecuencias con un pacto de silencio.

Puede que la Virgen de Ezkioga no tuviera esa intención cuando se presentó ante los hermanos Bereciartúa, pero ya se sabe que fe y política suelen llevar a situaciones muy incómodas…

Fuentes:

– Lesta, José y Pedrero, Miguel. Franco Top Secret: esoterismo, apariciones y sociedades ocultistas en la dictadura, Temas de Hoy, 2005.

Sobre nosotros Félix Ruiz

Trabajador Social de formación y apasionado de las temáticas relacionadas con el misterio desde siempre. Redactor de noticias, escritor novel, lector compulsivo y buscador incansable de preguntas que compartir con todo aquel que sea curioso y quiera saber más.

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