El paraíso perdido: del Satán rival al Satanás libertador

Si ha existido una figura temida y de la que estaba prohibida hablar en Occidente durante siglos, esa ha sido sin duda la de Satanás, el máximo rival de Dios y su enemigo en la eterna batalla entre el Bien y el Mal. Su influencia creció exponencialmente con la llegada del cristianismo y su desarrollo teológico, extendiéndose a muchos rincones del mundo. Llegó un momento en que su mano y sus acciones se vislumbraban en cada rincón, tras cada catástrofe o contratiempo. Sus huestes, que la gente imaginaba repletas de servidores dispuestos a cumplir sus mandatos, campaban a sus anchas durante la Edad Media, sembrando la paranoia colectiva y llevando a la sinrazón y la locura a un mundo que se aferraba a Dios y sus representantes para hacer frente a la oscuridad. Aquelarres, cazas de brujas o exorcismos eran la comidilla de cada pueblo, temeroso del Diablo pero a la vez sediento de sangre y dispuesto a castigar a sus adoradores, todo para contentar a Dios. Pero olvidaban que su enemigo se originó a partir del mismo Dios.

El Yahvé del Antiguo Testamento es una divinidad iracunda, capaz de dar a quienes cumplan su palabra los mejores dones, pero enviar los más severos castigos a aquellos que se atreviesen a contradecirle. Los levitas, la facción sacerdotal que tomó a este dios inspirándose en otras figuras de panteones con los que habían tenido contacto – como el Ra egipcio o el Adonis fenicio – impusieron el culto a Yahvé mostrando al resto de dioses que poblaban la Tierra Prometida como proyecciones erróneas de éste. Todo aquel que se dirigiera a algún templo dedicado a estos dioses o participara en ritos en altares dedicados a los mismos eran herejes. Curioso, teniendo en cuenta que incluso varios de los reyes mencionados en las escrituras – incluido el “sabio” Salomón, adorador de Moloch, entre otros – eran fieles a estos enemigos de los levitas.

Continuando con el asunto de Yahvé, su mal carácter le llevó a expulsar a la primera pareja del Par

Lucifer, según una ilustración de Doré.

aíso en el comienzo del Génesis. Luego, asistimos en varias ocasiones a sus ataques repentinos de ira. Por ejemplo, durante el Éxodo, cuando niega a todos los israelitas en edad de luchar – mayores de 20 años – a entrar en la Tierra Prometida. ¿El motivo? No tener fe en su palabra tras el regreso de los espías que fueron enviados a observar el país de Canaán. Solo se libraron dos: Caleb y Josué, que sí tuvieron fe. Este ejemplo da testimonio de que es el propio Yahvé quien era fuente del Bien, pero también del mal. En Isaías 45, 6-7 se encuentra el testimonio clave de esta teología. El pasaje no tiene desperdicio:

Yo soy Yahvé, no hay ningún otro. Yo modelo la luz y creo la tiniebla, yo hago la dicha y creo la desgracia, yo soy Yahvé, el que hace todo esto.

Un asunto incómodo que escribas posteriores trataron de paliar. ¿Cómo? Pues creando a un enviado que hiciera su trabajo sucio. El nombre de satán aparece en las escrituras como un nombre común, que viene a significar opositor o adversario. Todo aquel cuyas intenciones o acciones fueran contrarias a otro personaje era un satán, pero fue el desarrollo teológico del Yahvé benigno y alejado de la maldad el que propició que apareciera un emisario de sus castigos. Satán como agente de Dios aparece por primera vez en el libro de Números, en la historia de Balaán, adivino que recibió una petición del rey de Moab, que consistía en maldecir a Israel. Durante un trance onírico, Dios le dijo que no se reuniera con el rey, pero aun así el adivino quiso asistir a la reunión. Montado en una burra, Balaán emprendió el viaje, hasta que llegado el momento un ángel le salió al paso, asustando a la burra ante la sorpresa del adivino, que no era capaz de ver nada frente a sí. Balaán agredió a la burra varias veces para que volviera al camino, pero ésta se negaba, ante la visión del ángel. Finalmente el animal derribó a su jinete. La burra se quejó, ante la sorpresa de Balaán, que por fin consiguió ver al ángel. En números 22, 32, éste le dijo:

¿Por qué has pegado a tu burra con esta ya tres veces? He sido yo el que ha salido a cerrarte el paso, porque este es para mí un camino torcido.

En el original hebreo se empleó la palabra “satán”. Es decir, que este ángel enviado por Dios es un cumplidor de su voluntad, no su rival. Es llamado “satán por oponerse a Balaán en su empeño de acudir a la reunión con el rey de Moab. Posteriormente ésta figura evolucionaría hacia la figura de fiscal, un acusador que presentaba los cargos contra la humanidad, dejando a Dios la tarea de juzgar. Finalmente, y especialmente tras la llegada del cristianismo y su imposición, la figura de Satanás cobró el protagonismo que se le dio durante varios siglos. Enemigo de Dios, Lucifer, quien una vez fue el ángel favorito de Dios, celoso del trato que recibían los humanos, lideró una rebelión en el Cielo, en la que arrastró a muchos ángeles rebeldes, un ejército que lucha contra el ejército celestial en una guerra suprema entre el Bien y el Mal, una que al parecer se extiende hasta nuestros días. Aunque la literatura transformó esta realidad, mostrándonos la figura del héroe, una que aun no se había visto hasta entonces, y cuyo mayor impulsor fue John Milton.

El inglés era protestante, afiliado del partido puritano durante la guerra civil inglesa y funcionario durante el gobierno de Oliver Cromwell. Los siglos XVI y XVII estuvieron preñados de conflictos religiosos provocados por la Reforma impulsada por Lutero, que en Inglaterra tuvo la forma de guerra civil entre puritanos y anglicanos. Demonizar al rival era común, pero el poeta Milton dio un giro radical a la clásica figura del rival de Dios. Como un revolucionario, ideó a un héroe que se alza contra su opresor. Este héroe fue Satanás, que aunque falló en su intento, se levantó contra un ideario con el que no estaba de acuerdo.

John Milton, autor de El paraíso perdido.

Así nació El paraíso perdido, publicado en el año 1667, marcando un hito en la historia de este personaje, cambiándolo para siempre. Para crear su obra, Milton recurrió a la tradición que se remonta al libro de los Vigilantes, según el cual Lucifer era ángel amado por Dios, que posteriormente cayó en desgracia. Todo comienza con Lucifer – ya bajo el nombre de Satanás, tomado tras la rebelión – y los suyos en el infierno, probablemente tristes por su derrota. En ese momento, el protagonista se dirige a sus fieles, a los que dice que su guerra no está acabada, exponiendo un postulado que ha sobrevivido al paso de los siglos: “Mejor gobernar en el infierno, que ser gobernado en el cielo”. Entusiasmados, los demonios crean una capital en su nuevo hogar, de nombre Pandemonio, ideada por el arquitecto infernal Mulciber. Lejos de la imagen de lugar tenebroso y de penalidades, hay espacio en el lugar para enclaves bellos y llenos de vida.

Reunidos en consejo, de modo parecido al parlamentario que defendían los puritanos de Milton, los demonios debaten cómo combatir a Dios. Allí están algunos de los dioses del Antiguo Testamento, ahora demonios para el cristianismo: Moloch o Belial están entre ellos. Se impone la estrategia de Belzebú, favorito de Satanás. La directriz es vengarse de Dios usando a la humanidad. Para viajar a la tierra, Satanás acude a sus dos hijos, que deben abrir las puertas del infierno. Uno es el pecado, una mujer con una parte inferior similar a las serpientes, y la muerte, hijo fruto del incesto entre Satanás y el pecado.

Infiltrado en el cielo bajo la forma de querubín, nuestro protagonista es detectado por los arcángeles, pero tiene el tiempo justo para tentar a Eva antes de ser expulsado por Gabriel. Dios sabe que Adán y Eva pecarán, pero aun así envía a Rafael a contarles la historia de la rebelión de Lucifer, envidioso de Cristo, el Hijo de Dios. Las huestes celestiales afines a Dios ganaron la ancestral batalla, que duró dos días, y arrojaron a los rebeldes al infierno.

El relato no sirvió de nada, pues Satanás volvió al Paraíso para tentar a la pareja de humanos una vez más, bajo la famosa serpiente. Logró que Eva comiera del fruto del árbol prohibido, una hazaña que creía que le encumbraría como un héroe en el Infierno. Pero el final es agridulce, ya que todos los demonios son ahora serpientes a causa de la aventura de su líder, que aun así logró una victoria que hace poco parecía imposible: consiguió que las creaciones de Dios cayesen en desgracia.

De esta forma, Milton creo a un antihéroe, un personaje con motivos atractivos para muchas personas, que trata de tener éxito en una cruzada donde las posibilidades reales de victoria eran ínfimas. Los rebeldes de la época en que apareció El paraíso perdido abrazaron a este personaje incomprendido, lejos del monstruo retratado durante siglos. Varios poetas románticos posteriores ensalzaron su figura como la de un valiente que se enfrenta al status quo y se pone al frente de una campaña perdida de antemano. Ya no es un Satanás malvado, sino uno digno de admirar. Ese fue el legado de Milton en lo que respecta a esta legendaria figura, un legado que ha llegado a nuestros días. Aunque no fue su intención, ya que en su lucha contra Dios se vale de artimañas propias de un cobarde, incapaz de hacer frente cara a cara a su enemigo. Su estrategia conduce a la derrota, pero eso no fue suficiente para que perdiera su atractivo de cara a los librepensadores de todas las épocas posteriores. Su causa ha sido tomada por millones de personas desde el siglo XVII como la de un rebelde digno de respeto, un abanderado de todos aquellos que se sienten diferentes respecto al orden de la sociedad.

Fuentes:

– Andrade, Gabriel. Breve historia de Satanás: de los persas al heavy metal, Nowtilus, 2014.

– Milton, John. El paraíso perdido, Espasa Libros, 2009.

Sobre nosotros Félix Ruiz

Trabajador Social de formación y apasionado de las temáticas relacionadas con el misterio desde siempre. Redactor de noticias, escritor novel, lector compulsivo y buscador incansable de preguntas que compartir con todo aquel que sea curioso y quiera saber más.

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