William Blake: “el mayor artista que Gran Bretaña ha producido”

Retrato de William Blake, elaborado por Thomas Phillips en 1807.

 

Si hablamos de seres excepcionales, quizás la mayoría de personas no sacarían el nombre de William Blake a la palestra entre sus primeros exponentes. Craso error. Y no lo digo yo, pues la vida y la obra de nuestro personaje es digna del calificativo que reza en el título, aportado por Jonathan Jones, en The Guardian, en el año 2005. Descubramos juntos por qué.

Pocos hay que aúnen la figura del artista y el místico de forma tan clara. Todo un “artista-mago”, como lo llamó Javier García Blanco en Ars Secreta. Todo tiene un motivo, pero para ello debemos entender el contexto en el que creció William, que nació en 1757. Era el segundo de cinco hijos, pero su hermano mayor falleció pronto. Su madre, Catherine Wright, había sido parte de la Iglesia de Moravia, basada en la doctrina de Jan Hus, precursor del protestantismo. Hus reivindicaba ya en el siglo XIV que la Iglesia debía volver a sus orígenes y rechazar las enseñanzas de Roma. Cuando Catherine perdió a su primer marido y se casó con James Blake – padre de William y calcetero de profesión –, ambos se unieron a los Disidentes, otra secta que en esta ocasión rechazaba a los anglicanos. Visto lo visto, era normal que el pequeño William viviera la religiosidad de una forma muy peculiar.

Tampoco su educación fue corriente. Sus padres decidieron que estudiar en casa era lo mejor, así que no acudió a la escuela. A pesar de ser autodidacta, la sensibilidad de Blake hizo que devorara gran cantidad de libros. Aunque todos eran un poco especiales, ya que tenían temática mística y artística, ejes de su vida. Viendo que el chico tenía aptitudes, James Blake le inscribió a clases de dibujo, donde aprendió rápido a copiar láminas y esculturas. Fue en esos años cuando comenzó a admirar profundamente las características anatómicas que Miguel Ángel usaba en sus obras. Con catorce años se convirtió en aprendiz del taller de James Basire, grabador londinense que le enseñó lo básico. Todos estos pequeños componentes de la ecuación se sumaron al más especial, al que verdaderamente fue el epicentro de la figura del “artista-mago”: las visiones.

Un hombre tocado por la visión

No sabemos a ciencia cierta el por qué de este fenómeno. Quizá fruto de su especial concepción del mundo o de algún tipo de condición mental especial, la naturaleza última de estas visiones realmente nos importa poco. No creo necesario encontrar una respuesta física o clínica, por ejemplo, a lo que le sucedía. Porque gracias a ello William Blake trascendió las barreras del tiempo y se convirtió en un personaje famoso intemporal, cuyo arte puede y debe ser admirado sin importar la ideología de cada uno. Personajes y artistas como el nuestro barren cualquier tipo de opinión respecto a sus experiencias vitales. Centrándonos en sus trances, el primero se produjo siendo aun un niño, cuando contaba únicamente con ocho o nueve años, según la mayoría de sus biógrafos. El chico paseaba por Peckham Rye cuando observó «un árbol repleto de ángeles, con cada una de las ramas adornadas por hermosos destellos como estrellas». Escribió su biógrafo victoriano Alexander Gilchrist, que como era lógico, fue corriendo a casa para hacérselo saber a sus padres, pero ellos no le creyeron. De hecho, su padre casi le da una paliza por decir semejante estupidez. Al menos, sirvió para que James se diera cuenta de que su hijo se encaminaba al arte. De ahí lo de las clases de dibujo.

La visión que acabamos de citar solo fue la primera de muchas. Otra bastante famosa tuvo lugar mientras paseaba alrededor de Westminster, ya que Basire le encargó una serie de dibujos preparatorios para las iglesias de la ciudad. En aquella ocasión, William pudo ver «una numerosa procesión de monjes, acompañados de una bella música coral». También conocemos otra muy llamativa, que acaeció mientras observaba el trabajo de los segadores. Entre ellos vio «figuras angelicales».

Otro trance digno de mencionar ocurrió cuando William contaba con más de cincuenta años. Nos la narró su biógrafo David Erdman, y la misma ocurrió en un amanecer. Ante sus ojos desfiló «una innumerable procesión de huestes celestiales que proclamaba a su paso: “Santo, Santo, Santo es el Señor Dios Todopoderoso”».

En 1787 el ya artista William Blake creo una nueva técnica de impresión. Ésto, por sí solo, no parece a priori muy extraordinario teniendo en cuenta la genialidad que alcanzó nuestro hombre en vida. Sin embargo, sí lo es el hecho de que le fuera revelada de forma sobrenatural por su propio hermano, que falleció cuando era niño. Su nombre era Robert, y fue el artífice del nuevo método del artista. Solo fue uno de los muchos espíritus que aparecieron ante los ojos del inglés, entre los cuales se cuentan también personajes insignes. Uno de ellos fue el mismísimo Lot bíblico, que posó para él en una ocasión. Un amigo fue a visitarlo y encontró a nuestro protagonista en su habitación de trabajo, serio y concentrado. Cuando el visitante se dirigió a su amigo, éste dijo que no le molestaran, pues estaba trabajando en un retrato. La escena era muy extraña, ya en el lugar solo había dos personas, y ninguna aparecía ante la lámina de William. Fue en ese momento cuando el vidente aseguró que «Es Lot. Puedes leer sobre él en las Escrituras. Está posando para su retrato».

No solo de encuentros con lo paranormal se nutrió el legado del protagonista de este artículo. Fue asimismo influido por el gnosticismo – diferenciando al Dios del Antiguo Testamento (el Demiurgo) y al del nuevo (Jesucristo) – o figuras de renombre en el misticismo y el esoterismo como Jacob Boehme o Emanuel Swedenborg. Así, fruto de estas influencias, nacieron obras como Songs of experience (donde da rienda suelta al tema Demiurgo-Dios) y sus célebres libros proféticos, sus poemas de interpretación complicada entre los que destaca Continental Prophecies, que consta de tres volúmenes. Toda una vida digna de recoger en varios libros, un espacio que por desgracia no tenemos aquí.

 

El anciano de los días.

El fin del artista

Ya en 1827, mientras corría el mes de agosto, Blake se hallaba en el umbral de la muerte, sumido en la pobreza y con la única compañía de su mujer Catherine – cosas de la vida, mismo nombre que su madre – y unos pocos amigos. No cesaba de trabajar arduamente en unos grabados para la Divina Comedia de Dante. El día de su muerte, pidió a Catherine que se quedara junto a él, para que pudiera retratarla como el ángel que fue para él. Lo hizo, y ya en cama comenzó a recitar versos extraños. Expiró a las seis de la tarde, y conocemos los detalles gracias a George Richmod, que estuvo presente y relató el momento a Samuel Palmer en una carta. Ambos eran amigos de Blake, miembros de los Antiguos de Soreham – grupo de pintores que quedó fuertemente influenciado por nuestro personaje tras conocer su obra –, y el primero dejó escrito lo siguiente, el testimonio de la última visión del artista, que aparecía ante él mientras poco a poco rasgaba el velo de la vida y pasaba al otro lado:

Murió de la más gloriosa manera. Dijo que estaba yendo a ese lugar que había deseado ver toda su vida, y se mostró feliz, esperando la Salvación a través de Jesucristo. Justo antes de morir, su semblante se quedó muy hermoso. Sus ojos brillaron, y empezó a cantar lo que estaba viendo en el cielo.

William Blake tocó el cielo. Tras verlo durante toda su vida, el mismo acudió a él mientras agonizaba. Su muerte fue dulce, al menos desde su punto de vista subjetivo. Y al parecer, no fue el final. Prometió a Catherine durante ese día de agosto que no la abandonaría mientras viviera. Y, siempre según su esposa, cumplió su palabra. Ella sobrevivió cinco años a su marido, y aseguraba que las visitas del “artista-mago” eran frecuentes. ¿El cielo que siempre se reveló ante él permitía que hiciera lo mismo con su mujer? Una sensibilidad y una trayectoria vital tan especiales bien merecerían algo tan extraordinario.

Fuentes:

– García Blanco, Javier. Ars Secreta, Espejo de Tinta, 2006.

– The William Blake Archive. http://www.blakearchive.org/

Sobre nosotros Félix Ruiz

Trabajador Social de formación y apasionado de las temáticas relacionadas con el misterio desde siempre. Redactor de noticias, escritor novel, lector compulsivo y buscador incansable de preguntas que compartir con todo aquel que sea curioso y quiera saber más.

Comentarios cerrados.