Shirō Ishii y el Escuadrón 731: una historia terrible y ocultada deliberadamente

Se acaban de cumplir sesenta años de la muerte de uno de esos personajes infames sobre el que, a pesar de ser tratado cada cierto tiempo, sigue habiendo un halo de desconocimiento bastante amplio, sobre todo entre las nuevas generaciones. Su historia es sinónimo de crueldad, aunque algunos ven también redención. Para la mayoría, su final no hizo justicia a los crímenes que cometió. Su mismo nombre causó terror durante años, y su país sigue sin terminar de pasar página al respecto: Shirō Ishii.

Hay historias que causan escalofríos cada vez que son leídas o escuchadas, da igual las veces que eso ocurra. Siempre se ha dicho que la humanidad es capaz de lo mejor y de lo peor. Este caso en concreto hace alusión a lo segundo, donde primaron más intereses particulares y gubernamentales que los propiamente humanitarios. No se trata de encontrarle sentido, ni de hacer partícipe a nadie del horror desde el morbo o la provocación. Simplemente trata de mostrar el lado más oscuro del alma. Una vertiente que deja de lado valores tan básicos como la compasión o la empatía.

Las comparaciones son casi siempre odiosas. A Ishii se le compara con el conocido como “ángel de la muerte”, el también infame doctor Josef Mengele. Si el natural de Baviera hizo estragos en el bando nazi, el doctor nacido en Shibayama (Prefectura de Chiba) hizo lo propio desde el ejército nipón. Una búsqueda rápida permite hacerse una idea del grado de sadismo que alcanzaron sus experimentos en la Manchuria china ocupada en aquel entonces, que sin embargo estuvieron totalmente respaldados por muchas personas, empezando por sus colaboradores y subordinados.

La historia de Ishii está sujeta a un adjetivo: perturbado. Porque esa cualidad le persiguió desde una edad muy temprana. Era autoexigente, metódico y egoísta, pero siempre tuvo ideas que iban contracorriente. Además, tuvo un temprano interés por la química y la medicina, carrera que cursó en la Universidad Imperial de Kyoto. En 1922 fue asignado al Hospital del Primer Ejército y Escuela Médica Militar de Tokio, y posteriormente pudo conocer de primera mano qué tipo de armamento químico se empleó durante la Primera Guerra Mundial.

Sus pesquisas impresionaron a sus colegas y llamó la atención de los altos mandos nipones, lo que le supuso ganarse el mecenazgo de Sadao Araki, Ministro de Guerra del Japón. Quedaba menos de una década para que el doctor Ishii comenzara su reinado de terror al frente de un laboratorio de “Prevención Epidémica”, que derivaría en la formación de un grupo mortal denominado Escuadrón 731. Aunque, antes de eso, ya hubo atisbos de ese terror que se desataría posteriormente. Fue en la Fortaleza Zhongma, donde se inició un programa clandestino para desarrollar armas de destrucción masiva.

La guerra química como carta blanca

Esta etapa preliminar bajo mecenazgo gubernamental sirvió para sentar las bases de lo qeue vendría después. Corría el año 1932 y Ishii decidió que se construyera una instalación para investigación médica en Harbin, poco después del Incidente de Mukden, un atentado de falsa bandera que sirvió para justificar la ocupación de Manchuria. En Harbin, a pesar de lo que se pueda pensar, se llevaron a cabo investigaciones y experimentos aparentemente legales, y todo tenía una justificación. El lugar donde se emplazaba el complejo estaba demasiado cerca a un área densamente poblada, por lo que sacar adelante otro tipo de estudios era bastante arriesgado a ojos de los responsables. Ante este problema, Ishii trasladó todo el equipo a una segunda ubicación a unos 100 km. al sur de Harbin, en el pueblo de Beiyinhe. Un pueblo que fue quemado metódicamente, mientras sus habitantes eran expulsados a la fuerza de sus casas.

Los internos de la fortaleza iban desde delincuentes comunes a presos políticos. Es curioso que fueran bien alimentados, pero el equipo liderado por Ishii creía que era necesario para que los experimentos ideados para ellos fueran un éxito. Lo más suave que se hizo con ellos fue privarles de comida y agua una vez se daba comienzo a los trabajos. Los drenajes de sangre eran constantes, monitorizándose el estado de salud de sus cobayas. Muchos de aquellos infelices murieron presas de aquellas privaciones. Los que no lo hacían durante aquellos experimentos eran ejecutados después.

Tuvieron que transcurrir dos años para que la Fortaleza Zhongma fuera cerrada, básicamente por obligación, ya que el gobierno japonés no pretendía clausurar aquellas instalaciones. Hubo una fuga de presos durante agosto de 1934. Cuarenta personas lograron trepar los parapetos y sortear las defensas, sobre todo gracias a una caída de tensión general que dejó sin electricidad a todo el complejo. De esos cuarenta fugados, únicamente sobrevivieron unos pocos, pues la mayoría acabaron de nuevo encerrados o cayeron debido al frío o a la persecución del personal de la fortaleza. Los que lograron escapar al horror hicieron públicas las actividades que allí se llevaban a cabo. El escándalo provocó el cierre de la fortaleza y el traslado de sus actividades ilegales a otro emplazamiento en Pingfang (Heibo), donde se desarrollaron los oscuros eventos que rodearon al Escuadrón 731.

Avanzando en el tiempo, y con todo el equipo de Ishii desplazado, en 1936 se fundó el famoso escuadrón. Oficialmente, el Escuadrón 731 controlaba una estación de tratamiento de agua potable. La verdad no tenía nada que ver con aquello. Todas víctimas, ancianos y bebés incluidos, supieron muy bien hasta qué punto se era capaz de mentir para conocer mejor los efectos de las armas químicas en los humanos. Ishii y sus colegas pregonaban que allí se administraban vacunas, pero nada más lejos de la realidad. Virus y bacterias terribles corrieron como la pólvora en aquel lugar de dolor y muerte.

El escuadrón promovió la creencia en la supremacía racial japonesa, algo muy parecido a lo que hicieron desde el bando nazi. Racismo, contraespionaje, sabotaje político e infiltración en las líneas enemigas. Sheldon Harris, historiador de la Universidad del Estado de California, ha calculado que las víctimas de Ishii pudieron rondar las 200.000. Algunas fuentes elevan la cifra hasta las 580.000. Quizá sean cifras totalmente exageradas. Sin embargo, los torturados no serían menos de 12.000. Todo con un bagaje atroz. Las ocho divisiones del Departamento de Prevención Epidémica y Purificación de Agua del Ejército de Kwantung o Escuadrón 731 se lanzaron a una espiral de locura bajo el nombre de «Maruta», nombre clave de aquel proyecto médico. Lo de «Maruta», que significa algo así como «tronco», viene porque para las autoridades, las instalaciones no eran más que un aserradero del ejército. Bajo estos términos, la experimentación con chinos no tuvo el menor respeto por la vida ni por los derechos humanos. A Japón le daban igual las atrocidades que se cometían allí.

Escuadrón inhumano

La base del Escuadrón 731 ocupaba 6 km² y consistía en más de ciento cincuenta edificios. Allí se inoculaba la peste bubónica, la fiebre tifoidea, la tuberculosis o la sífilis, por nombrar solo algunas enfermedades con las que se experimentaron allí. Es menester recordar aquí que el Protocolo de Ginebra en 1925 había prohibido el uso de armas biológicas, aunque eso no supuso el freno para nadie.

Los internos eran encerrados en numerosas fosas comunes infectadas de enfermedades para observar cómo evolucionaban en el cuerpo humano. Los distintos patógenos también se liberaban en las ciudades con las mismas finalidades. La supervisión era constante, pero sin ninguna intención de cuidar a los pacientes, solo de alargarles la vida en la medida de lo posible para comprender con el mayor criterio posible el funcionamiento de los patógenos.

Se fue más allá, como no podía ser de otra forma cuando das carta blanca a gente sin escrúpulos. Había víctimas que eran llevadas a experimentar temperaturas mínimas para determinar así cual era el mejor método de congelación del cuerpo humano. Al más puro estilo de las cámaras de gas, se probaron distintos tipos de gases venenosos. Hubo prisioneros a los que se les sometió a presiones atroces en cámaras especiales o se los disecaba mientras aún permanecían vivos.

Unas circunstancias tan oscuras siguen causando una vergüenza tan profunda a diversos sectores de la sociedad japonesa que aún se espera una suerte de petición de perdón o una reparación a nivel internacional. Hay obras que han indagado en este horror, entre las cuales se encuentra Los hombres detrás del sol (1988), una producción china donde se puede ver el reflejo de esta histórica tragedia en el cine independiente chino. Producida en Hong Kong y dirigida por Mou Tun-fei, es una obra de culto dura, muy dura. A veces incluso exagerada, pero con unos tintes de realidad escalofriantes. No es de extrañar que el público japonés montara en cólera y que el director recibiera amenazas de muerte, a pesar de repetir hasta la saciedad que quería ser fiel a la realidad. Y la realidad es que todo lo que se ha contado hasta ahora no fue todo, hubo más. Aunque lo peor de todo es que Shirō Ishii obtuvo amnistía y vivió tranquilamente hasta que murió por causas naturales, en este caso derivadas de su enfermedad.

Lo cierto es que a los miembros del Escuadrón 731 aquello de la química se les quedó corto y decidieron ir más allá en su locura. A la congelación se unieron las amputaciones, explosiones, quemaduras con lanzallamas, disparos arbitrarios para conocer el funcionamiento de la metralla, reconstrucciones del cuerpo con formas atroces, inyecciones de sangre animal o vivisecciones. Todo para comprobar hasta qué punto podía soportar el dolor un ser humano cualquiera.

1942 fue el año en que comenzaron los ensayos biológicos más allá de las diversas instalaciones. Aviones que volaban bajo lanzaron pulgas infectadas con la bacteria que causa la peste. Además, contaminaron aguas y cultivos y ofrecieron comida envenenada a civiles que vivían en la pobreza.

Todo tenía un objetivo a largo plazo, que por ‘suerte’ nunca se llevó a cabo. La operación era conocida como ‘Cerezos en flor por la noche’, y habría tenido lugar a mediados de 1945, con ataques kamikaze sobre la costa de California con bombas cargadas de la bacteria causante de la peste bubónica. Todo se vino abajo gracias a otro evento triste pero definitivo: el ataque atómico lanzado por EE.UU. sobre Hiroshima y Nagasaki.

Vergüenza escondida

La guerra avanzó, al igual que los esfuerzos japoneses por perfeccionar esos métodos de tortura para llevarlos a la práctica en combate. Jamás se reconoció de forma oficial, pero el Ejército Imperial Japonés sí reconoció de forma oficial la existencia y la práctica de estos experimentos en el llamado Laboratorio de Investigación y Prevención Epidémica del Ministerio Político Kempeitai. Igualmente, hay certeza de que l gobierno de los Estados Unidos ayudó al japonés a esconder parte de la información en pos de convertirse en su aliado durante la Guerra Fría. Los crímenes contra la humanidad que acontecieron en suelo chino durante la ocupación fueron ocultados durante décadas, y el máximo beneficiario de esa inmunidad fue precisamente su principal impulsor, el doctor Shirō Ishii.

El Escuadrón 731 fue disuelto en el año 1945, cuando la guerra tocaba a su fin. Sus instalaciones fueron rápidamente demolidas para borrar cualquier huella de sus actividades. Por supuesto, antes de que aquello ocurriera, se ejecutó a todos los presos que seguían vivos y se soltaron animales infectados con enfermedades como la peste. Eso ocasionó décadas de aparición de nuevos enfermos por todas partes, otros crímenes que habría que incluir en el recuento final, el mismo que no tiene cifra oficial.

El ‘Holocausto asiático’ contó con una ayuda inesperada por parte de los aliados para ser ocultado. Douglas MacArthur, comandante supremo de las fuerzas aliadas y encargado de la reconstrucción de Japón tras la contienda, concedió inmunidad a los médicos a cambio de los resultados de su investigación. Entre esos médicos estaba Ishii, que en un principio estaba dispuesto a morir antes de contar nada. Pensaba que sería juzgado y ejecutado, por lo que dio a sus hombres cápsulas de cianuro, al estilo de los jerarcas nazis. Debió sorprenderse bastante cuando se le ofreció inmunidad a cambio de compartir sus conocimientos, o al menos parte de ellos. Huyó tras fingir su propia muerte, aunque fue capturado en 1946. Tras decir lo que sabía, simplemente volvió a suelo japonés. Buena muestra de esa colaboración necesaria fueron los experimentos atómicos que tuvieron lugar durante las siguientes décadas en suelo estadounidense y en otros lugares donde se hacían pruebas nucleares.

La connivencia de Japón fue total, hasta tal punto de que jamás se juzgaron los hechos. Tuvo que ser la URSS, quizá en venganza por esa jugada traicionera por parte del otro bloque, quien procesara a un número ínfimo de implicados en 1949. Fueron doce los juzgados en Jabarovsk. Una vergüenza mundial que sigue sin corregirse. En los juicios de Tokio – convertidos en una escenificación sin sentido – se alegó que no había pruebas y la opinión pública mundial no supo nada de este horror la década de 1980.

Richard Drayton, un expositor de historia de la Universidad de Cambridge, falsamente afirmó que Ishii se mudó a Maryland donde hizo investigaciones sobre armas biológicas. No parece que fuera el caso, aunque sigue habiendo bastante secretismo al respecto. Según la hija de Ishii, cuyo nombre es Harumi, el doctor se quedó en Japón, donde abrió una clínica en la cual atendía gratuitamente a sus pacientes. Un giro de los acontecimientos que parecen querer edulcorar una historia de muerte y convertirla en una redención en la que Ishii habría tenido una suerte de epifanía en la que se volvió un cristiano practicante que lo dio todo por sus pacientes durante los años que vivió tras la guerra.

Los intentos de ocultar la historia fueron neutralizados en los ochenta, como se señaló antes. Hubo testimonios de supervivientes, pero también de miembros del Escuadrón 731, algunos de ellos reconvertidos en “miembros de provecho” de la sociedad, incluidos políticos. Un ejemplo es el de Yoshio Shinozuka, quien sirvió como médico militar en la base secreta perteneciente al grupo, aunque dijo considerarse en realidad un criminal de guerra.

«Hice lo que ningún ser humano debería hacer», declaró a medios japoneses citados por la BBC en julio de 2002. Shinozuka contó que había criado pulgas infectadas en ratas y tifus, ántrax, peste y cólera para usar contra el ejército soviético. También detalló que se referían a los prisioneros como “troncos”. «Decíamos que habíamos cortado un tronco, luego dos troncos…», recordó Shinozuka.

«Al principio de la década de 1980, empezó a haber un aumento de los relatos de guerra que hablaban explícitamente del rol del soldado japonés como un victimario», escribieron los académicos Takashi Inoguch y Lyn Jackson en un artículo sobre el tema publicado en 1995 por la Universidad de Naciones Unidas.

El gobierno chino, cuyas víctimas se contaron por miles, reunió evidencias como parte de una política de documentar los crímenes de guerra cometidos contra China, según reportó en 1983 la periodista del Washington Post, Tracy Dahl. En el reportaje de Dahl, un funcionario chino llamado Han Xiao dijo que “lo más cruel que hicieron los japoneses” había sido experimentar con prisioneros de guerra hasta su muerte.

Al mismo tiempo, investigadores solicitaron acceso a archivos militares en Tokio para reconstruir la historia, una petición recibida con reticencia por parte del Estado japonés, según reportó el New York Times en 1999.

En 2001 un documental japonés con entrevistas a veteranos de guerra volvió a poner sobre la mesa el controvertido asunto del Escuadrón 731 que las autoridades niponas nunca han reconocido oficialmente. Por su parte, Estados Unidos ha ido desclasificando más de 1.000 documentos relacionados con la Unidad 731, que dan cuenta de los “experimentos de guerra biológica” que allí se realizaban, según señala el Archivo Nacional de ese país en su sitio web.

Hubo incluso una demanda colectiva contra el Estado japonés arrojó más detalles de otras actividades llevadas a cabo por el programa secreto. Se produjo en 1997 y 1998, incitada por 180 ciudadanos chinos, entre los que había supervivientes y familiares de víctimas. El grupo demandó una disculpa por parte del Estado japonés y diez millones de yenes como compensación para cada uno. La Corte Suprema de Japón sigue sin dar la razón a los demandantes.

Por supuesto, el doctor Shirō Ishii murió sin ser juzgado. Ocurrió en Tokio, el 9 de octubre de 1959, cuando el cáncer de garganta que sufría se lo llevó por delante. Tenía sesenta y siete años, y muchos aseguran que durante trece trató de enterrar sus pecados mediante la ayuda desinteresada. Su culpabilidad es conocida pero no reconocida, al igual que algunos de los aspectos más traumáticos y conflictivos de sus experimentos.

Fuentes:

  • https://www.youtube.com/watch?v=akLVQdVyGMk
  • http://www.chinadaily.com.cn/en/doc/2003-10/17/content_273165.htm
  • https://www.theguardian.com/politics/2005/may/10/foreignpolicy.usa
  • http://www.ww2pacific.com/unit731.html
  • https://web.archive.org/web/20060517060807/http://www.deepblacklies.co.uk/unit731-part1.htm
  • https://www.dailymail.co.uk/news/article-439776/Doctors-Depravity.html
  • https://ww2db.com/person_bio.php?person_id=541
  • https://www.moreorless.net.au/killers/ishii.html
  • https://www.warhistoryonline.com/history/unit-731-prison-camp-japanese.html

Sobre nosotros Félix Ruiz

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