San Policarpo de Esmirna: el primer cristiano convertido en reliquia

San Policarpo de Esmirna, el obispo al que las llamas no querían tocar.

Llevar una vida venerable y ser sacralizado tras la muerte es considerado casi siempre una bendición, pero igualmente puede ser una maldición: el cuerpo del “bendecido” será troceado, disputado y dispersado por el mundo. Es la realidad de la adoración de las reliquias, que en el caso cristiano tiene un precedente claro: San Policarpo de Esmirna.

No es nada fácil comprender el interesante mundo de las reliquias. Lo primero que debemos tener en cuenta es que en su mayoría pertenecieron a personas que un día estuvieron tan vivas como cualquiera de nosotros, pero que después encontraron su final de las formas más variadas posibles y algunos entendieron que sus restos podrían tener una enorme importancia. Las historias que rodean a estos elementos se convierten en leyendas, pero están basadas en algo real, ya que el cuerpo está ahí, alguno de los restos y despojos son visibles. Otra cosa es que se trate efectivamente de partes de un santo/a o no. La propia palabra – que proviene del latín reliquus – da testimonio de su significado, que no es otro que «algo que sobra o se deja atrás». Vistas en perspectiva, son de las pocas cosas que tienen en común todas las religiones del mundo. La muerte es una problemática universal, así que es lógico que los hombres y mujeres de vida virtuosa hayan sido adorados tras la muerte y también centros de conflicto. ¿Qué fue antes? ¿El miedo a la muerte o el culto a los huesos?

Dentro del caso cristiano, existe una clasificación muy curiosa de las reliquias. Las hay de varios grados. Las de primera clase son todas aquellas que pudieron haber tenido contacto directo con Jesús, ya sea en vida, en su muerte o su resurrección: aquí entran trozos de la cruz, la Sábana Santa, espinas de la corona de la Pasión o cualquier otra cosa que se os ocurra. Asimismo, forman parte de este primer grupo los cuerpos y las partes de los santos. Como curiosidad, si son partes importantes – el dedo con el que Juan Bautista señaló a Jesús o la lengua de San Antonio de Padua, que según la leyenda tenía un poder de convicción extraordinario – se consideran de mayor valor. Las de segundo grado son todos los elementos que se relacionaran con tal o cual santo, sin ser parte de su carne y sus huesos. Finalmente, tenemos las de tercer grado, que se convierten en valiosas cuando son tocadas por reliquias de primera clase. De esta forma, prácticamente cualquier objeto puede ser declarado sagrado. Todo sea por llevar la fe a todo el globo.

En la Historia es prácticamente imposible datar el inicio del culto a los restos mortales, pero no ocurre lo mismo con el cristianismo. El primer precursor de todo el fenómeno posterior es un hombre que vivió a caballo entre los siglos I y II de nuestra época. De él se dice que conoció en vida a algunos de los apóstoles de Jesús, incluido San Juan, que sería quien le consagraría dentro del incipiente movimiento cristiano organizado. Maestro de otros padres apostólicos como Ireneo de Lyon, Policarpo de Esmirna se convirtió en un gran evangelizador, o eso cuenta la Iglesia sobre él, porque no se tienen muchos datos de su vida.

Para conocer el motivo fundamental de su sacralización hemos de retroceder en el tiempo hasta el año 155, cuando el emperador era Antonino Pío, en plena “era de los mártires”, época en que los cristianos eran perseguidos y ajusticiados. Nuestro hombre era obispo de la comunidad de Esmirna, en la zona occidental de Turquía. Un buen día fue apresado, siendo todo un venerable anciano, pues contaba con ochenta y seis años a sus espaldas. Como en casos similares, las autoridades le conminaron a renegar de su fe y a condenar a muerte a los ateos – para los “paganos” romanos, los ateos eran los cristianos – que formaban parte de su grupo. Para sorpresa de todos, Policarpo señaló a la turba allí reunida, deseosa de que el anciano se arrepintiese, y dijo alto y claro: «¡Muerte a los ateos!». Los ateos romanos, claro. La muerte de Policarpo no se hizo esperar. Encendieron una pira con él en el centro, pero la cosa se alargó más de la cuenta y un verdugo clavó un puñal en su pecho.

Lo curioso del asunto es ver la reacción de los cristianos de Esmirna al conocer la muerte de su obispo. Al parecer, el fuego de la pira no fue lo que mató a Policarpo, y la prueba que esgrimieron fue la necesidad del verdugo de rematar la faena. Según aseguraban, las llamas no tocaron la piel del sentenciado, sino que la “horneó”.

«El fuego, como una bóveda, como las velas de un navío henchidas por el viento, formó una muralla en torno a él. Su cuerpo quedó en medio, no como carne que se abrasa, sino como una hogaza de pan que se cuece en el horno o como el oro y la plata que se acendran en un crisol. Pues olimos un perfume tan fragante como si se alzasen bocanadas de incienso o de alguna otra esencia preciosa.»

La leyenda va mucho más allá, pues cuenta que de la herida sufrida por el puñal del verdugo manó una enorme cantidad de sangre, litros que lograron apagar las llamas. Otra versión habla de una paloma que salió de la herida y voló hacia el cielo. La muerte convirtió a Policarpo en algo más que un sabio y un maestro. Los prodigios que se sucedieron en esos momentos le transformaron en santo, por lo que sus seguidores se esforzaron para conseguir sus huesos. Fue el primero de muchos que llegaron después. Hombres y mujeres que se reafirmaron en su fe a sabiendas de que conllevaría la muerte. Además, su resistencia sobrehumana se convirtió de símbolo de santidad. No olvidemos que la tradición hace de muchos de estos personajes poco más que supervivientes acérrimos. Unos sobrevivían a torturas interminables, mientras otros incluso debían ser rematados con la decapitación tras varias intentonas por acabar con sus vidas. Estaban hechos de otra pasta, y ese fue uno de los grandes motivos para que fueran elevados a los altares. Luego llegaría el furor de las reliquias de Jesús, las de María o las de San Juan Bautista durante las Cruzadas. Pero el inicio lo marcó un anciano de Esmirna que se negó a renegar de la recién estrenada fe cristiana.

Fuentes:

– Manseau, Peter: Huesos Sagrados. Un recorrido por las reliquias de las religiones del mundo, Alba Editorial, 2010.

Sobre nosotros Félix Ruiz

Trabajador Social de formación y apasionado de las temáticas relacionadas con el misterio desde siempre. Redactor de noticias, escritor novel, lector compulsivo y buscador incansable de preguntas que compartir con todo aquel que sea curioso y quiera saber más.

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