‘La Sapio’, Otero Acevedo y los cuencos con arcilla: entre el espiritismo, el sonambulismo y el engaño

La historia de la médium Eusapia Palladino es de sobra conocida por multitud de investigadores y curiosos de lo extraño. Sus famosas sesiones, en las que se dieron cita famosos científicos y otras figuras relevantes, o los fenómenos que desataba a su alrededor, la hicieron mundialmente famosa. Sin embargo, sus primeros años de actividad en Nápoles son más oscuros. Allí se desplazó un joven médico que trató de aclarar si había gato encerrado o existía algo real en la parafernalia que rodeaba a la gran atracción espiritista de media Europa.

A la par que el materialismo se aupaba como paradigma imperante para comprender la naturaleza, el espiritismo vivió un espectacular auge. La mediumnidad fue un importante campo de estudios para una serie de atrevidos científicos que se atrevieron a adentrarse en un vergel muy del gusto de todos los estratos sociales, que asistían o sabían de aquellas sesiones. Bien por miedo, por convicción, asombro o simple curiosidad, las capacidades que aseguraban tener los dotados psíquicos no pasaban inadvertidas. Toda este extraño contexto propició que comenzaran a desarrollarse las denominadas investigaciones psíquicas, tal como se las nombró tras la aparición de la Society for Psychical Research inglesa, fundada en 1882.

Todo lo que rodeaba a estos estudios se movía en arenas movedizas. Había que definir los campos de estudio, las directrices necesarias, el marco teórico y práctico o la conveniencia y necesidad de arriesgar en un terreno donde abundaba la exageración o la teatralización, cuando no directamente el fraude. Hipnosis, espiritismo, psiquiatría y medicina se entremezclaban en un momento en que las opiniones se polarizaron radicalmente entre credulidad y un férreo escepticismo. Al igual que ocurre con el fenómeno ovni moderno, cuyo pistoletazo de salida se ubica en 1947, el espiritismo también cuenta con su momento fundacional, precisamente 100 años antes y en suelo estadounidense. Corría el año 1847 cuando en la granja que la familia Fox habitaba en Nueva York, concretamente en Hydesville, se produjo el primer caso que despertó especial interés. Desde entonces, hogares particulares, ferias, teatros o salones fueron lugares donde exhibir este tipo de entretenimientos.

Más allá de Hippolyte León Denizard Rivail – mejor conocido como Allan Kardec –, quien dotó al espiritismo de un corpus teórico y un sentido compartido por algunos pero incomprendido por muchos más, hubo muchos otros personajes que ayudaron a expandir la influencia del espiritismo hasta cotas inimaginables solo unas décadas antes1. Los ataques por parte de la Iglesia fueron igualmente fundamentales para que librepensadores, masones o anarquistas se sumaran a la causa. El movimiento crecía, los artículos, libros y otros escritos eran publicados en medios especializados en este ámbito, y se hizo inevitable que cierto sector de la ciencia se acercara con la mente abierta y una predisposición favorable para expandir conocimientos. Al igual que en el presente, no eran pocos los que se preguntaban si los límites de la mente humana podían rebasarse en forma de poderes extraordinarios y capacidades sensoriales superiores.

Hubo incluso herramientas que se idearon y desarrollaron para apoyar los ejercicios de los médiums. Mesas giratorias, escritura automática, armarios especiales o cajones con dobles fondos. Al mismo tiempo, se trataba de demostrar a los asistentes a los espectáculos que en ellos no había trampa y que verdaderamente los espíritus se manifestaban allá donde fueran llamados o canalizados. La incipiente fotografía tuvo un papel destacado, mayor aún cuando fue instrumentalizada para aprovecharse del dolor ajeno. Estados Unidos y su Guerra Civil (1861-1865) resultaron providenciales en este caso particular. William H. Mumler vio esa oportunidad antes que cualquier otro2.

Sus dotes fueron puestas en duda desde el primer momento, pero su negocio creció auspiciado por el deseo de familiares y amigos por volver a ver a sus seres queridos ya fallecidos, supuestamente aparecidos en las fotografías que aquel señor se esmeraba en hacer. otros apenas perceptibles, como una pequeña luz que emerge en un punto concreto de la foto. Incluso los hay tan claros que parecen falsos, desafiantes ante todos, mirando cara a cara al retratado, que no es capaz de ver si hay algo a su alrededor. Las imágenes obtenidas parecían tan falsas que debían ser reales, pero tan reales que debían ser falsas. Una disonancia cognitiva que le traería problemas a Mumler pocos años después.

Las sospechas se centraron en el proceso químico mediante el cual se obtenían las fotografías. Al parecer, fue Mumler quien consiguió imprimir imágenes directamente desde la fotografía al papel de periódico, proceso que permitió renunciar a tener que copiar la placa a mano por un ilustrador o grabador. Todo ello tiempo después de que fuera llevado a juicio, del que salió indemne, porque nadie pudo probar dónde estaba el truco. Y no fueron pocos los que lo intentaron. ¿Experimentaba William con esos misteriosos procesos en la década de 1860? ¿Alguno de ellos le permitió colocar allí a “fantasmas” que no estaban en la imagen original? ¿Hubo otros que compartieron y reprodujeron las artes de Mumler?

Manuel Otero Acevedo: destino, Nápoles.

Es necesario aclarar debidamente que se sabe muy poco sobre la verdadera biografía de Eusapia Palladino en sus primeros años. A pesar de existir biografías y crónicas sobre su figura, ninguna es definitiva. Eso por no mencionar la ambigüedad con la que la propia médium hablaba de su infancia y adolescencia. La doctora Andrea Graus Ferrer, autora de Ciencia y espiritismo en España (1880-1930), señala los puntos coincidentes sobre todas las versiones conocidas respecto a este asunto:

«Palladino provenía de una familia muy humilde del sur de Italia. Su madre murió al poco de nacer ella y su padre cuando tenía doce años. Sin poseer abuelos o familiares cercanos que pudieran cuidarla, se vio forzada a trabajar desde niña como una criada en varias familias burguesas de Nápoles. Cuando era adolescente, los primeros fenómenos de levitación empezaron a manifestarse. En 1872, a la edad de dieciocho años, ya era conocida en Nápoles, donde se la llamaba ‘La Sapio’. Por entonces, el espiritista Giovanni Damiani y su esposa eran sus protectores. Hasta 1886, las sesiones concedidas fueron pocas y siempre para los amigos más cercanos y leales de la familia Damiani. A partir de ese momento, el médico y profesor universitario Ercole Chiaia (m. 1905) se convirtió en su nuevo protector. Con Chiaia, la fama de Palladino creció en la región y fue foco de algunas polémicas. Fue entonces cuando se empezó a forjar la idea de que Palladino podría triunfar más allá de Nápoles»3.

Damiani había aprendido todo lo concerniente al movimiento en Inglaterra, y vio potencial en la joven Eusapia, que comenzó a canalizar el que a partir de entonces sería su inseparable “espíritu guía”: John King, al parecer vinculado a otra materialización muy famosa, como lo fue Katie King, una supuesta materialización de un ectoplasma que en sus apariciones en las sesiones de la médium Florence Cook tomaba forma humana4.

Mientras su fama – y las tarifas que cobraba por sesión – crecían, la influencia y convicción de Chiaia fueron un paso más allá, cuando desafió a otro de los grandes personajes asociados a este caso en particular, el criminólogo y médico Ezechia Marco Lombroso, conocido como Cesare Lombroso. El título de la carta donde Chiaia llamaba la atención del hasta entonces descreído Lombroso deja poco lugar a las dudas: “Un desafío para la ciencia5. En ella no se nombraba a Palladino por su nombre, aunque quienes conocían el asunto daban por hecho que se trataba de ella. La misiva se publicó el 9 de agosto de 1888 en el rotativo Farfulla, y pretendía iniciar una colaboración para determinar la verdadera naturaleza de los dones de la joven, siempre bajo estrictas medidas de control, o eso aseguraba Ercole Chiaia, que tendría que esperar tres largos años a que su interlocutor se decidiera. Sin embargo, sí que hubo alguien que se interesó, y mucho. Se trataba de Manuel Otero Acevedo.

Argentino de nacimiento (1865), Otero Acevedo vivió en la localidad gallega de Cesures desde temprana edad. En la misma Galicia se licenció en medicina con honores, para posteriormente doctorarse – eligiendo la especialidad de cirugía del sistema nervioso – en Madrid en 1891. Su fama le precedía desde esos tiempos de estudiante, sobre todo en lo concerniente a su condición de anticlerical y masón6. También por entonces mostró interés en el espiritismo, y supo del caso de ‘la Sapio’. Precisamente gracias al desafío lanzado por Ercole Chiaia, que acudió en septiembre de 1888 al Primer Congreso Internacional Espiritista celebrado en Barcelona. En aquella charla, Chiaia ahondó en esa invitación lanzada a Lombroso, que Otero Acevedo pudo leer en las actas finales del congreso.

Estas y otras circunstancias se unieron e hicieron que Otero Acevedo decidiera que debía conocer a Palladino de primera mano, incrementando de paso sus conocimientos sobre el espiritismo. Escribía lo que sería el primer volumen de Los espíritus, que se publicaría en 1893 en la revista psicológica La Irradiación. Escribió a muchos expertos en la materia para que le ayudasen en su estudio, pero aquel congreso marcaría su hoja de ruta, que no era otra que viajar a Nápoles para ver a aquella médium en acción.

Por supuesto, para ello tuvo que ganarse la confianza de Ercole Chiaia, a quien repitió en varias ocasiones que era un hombre de ciencia, escéptico y materialista. Así que en algún momento indeterminado de los meses siguientes, aún en 1888, Acevedo llegó a la ciudad napolitana. Allí, lo primero que hizo fue tratar de convencer a Cesare Lombroso de que le ayudara en sus experimentos. Aunque parece que no lo logró, sí que pudo encender una chispa en la mente del médico, que a la larga caería en la tentación, como bien señala la doctora Graus Ferrer en su tesis.

De aquellos primeros intercambios de impresiones hubo dos versiones contradictorias, que Otero Acevedo compartió años después. En sus artículos titulados Los fantasmas (1891) mostró a un Lombroso muy predispuesto, pero que no pudo acudir a la cita en la que experimentaría con Palladino. Sin embargo, cuatro años después, la versión cambió en otra serie de artículos, titulados Lombroso y el espiritismo:

«En 1888, escribíale yo desde Nápoles, instándole a que hiciera conmigo el estudio de los fenómenos que produce Eusapia y se excusó alegando el temor de que los académicos se burlaran de él. Pasan dos años: asiste a tres sesiones; ve algunos hechos, y enseguida – acaso imprudentemente – formula teorías que cree que pueden explicarlos»7.

Ese cambio quizá se debió a la no mención de Lombroso hacia su persona cuando por fin tomó contacto con Palladino, en 1891. Ese momento marcó la respuesta al desafío de Chiaia del que se hablaba antes. Lombroso no se acordó del gallego en sus posteriores escritos, lo que pudo molestar mucho a su colega, como plasmó en las citadas palabras en 1895.

Las materializaciones de ‘la Sapio’, a examen

La veinteañera Palladino se topó con el atrevido Otero Acevedo en una fonda de Nápoles, quizá ya a principios de 1889. Esta sería quizá la primera gran prueba de fuego de la médium, pues las condiciones exigidas por el médico gallego eran las más duras imaginables. Tanto Otero Acevedo como Chiaia acordaron junto a Eusapia que debía entrar en trance mientras había luz. Además, el gallego usó moldes de arcilla cubiertos con pañuelos blancos. La petición era simple, a la par que muy dificultosa: en esos moldes debían materializarse caras o manos, a fin de probar sus facultades. Tras toda la ritualística propia de estos momentos y el debido histerismo, Otero Acevedo descubrió unos dedos que creyó pertenecientes a un niño, como confesaría en Los espíritus. No era la primera vez que experimentaba con la chica, pero sí que fue la primera que se hizo con la luminosidad suficiente para no hacer dudar al investigador. Allí, en Nápoles, Eusapia Palladino materializó cosas que convencieron al visitante de que tenía capacidades impresionantes.

Manuel Otero Acevedo no veía en aquellas materializaciones cosas de espíritus de personas fallecidas. De hecho, estaba convencido de que se trataba de gente viva, aunque quizá próxima a la muerte. Siguiendo la estela de Ercole Chiaia, Otero Acevedo probó con los moldes de arcilla, que arrojaron espectaculares resultados, con caras que se parecían sospechosamente a las de Eusapia.

El originario de Argentina había tomado las debidas precauciones, o eso pensaba él. Los cuencos con arcilla se depositaban en una caja de madera especialmente fabricada para aquellos experimentos, pues contaba con dos cerraduras y paredes más gruesas de lo normal. Por si esto fuera poco, ponía los mencionados pañuelos sobre los moldes, en una doble trampa en la que cualquiera – o alguien no lo suficientemente diestro – podría caer con facilidad. La llave de dichas cerraduras estaba siempre con Otero Acevedo, y la caja se colocaba en su campo de visión, a muy poca distancia de Eusapia, para no perder detalle.

En cada sesión, la joven acababa exhausta, una vez salida del trance en el que era supuestamente guiada por John King. Según afirmaba el médico, aquella manifestación no era ningún espíritu, sino una personalidad reprimida de la médium, que modulaba su voz y acento, masculinizándose. Luego venían sus crisis:

«…hipos, bostezos, sollozos, llantos en ocasiones y gritos agudos; se retuerce desesperada, presa de convulsiones, llena de espuma en la boca, apretados los dientes, contraída y deformada la cara, vueltos hacia arriba, inmóviles e insensibles los globos oculares, dilatadas las ventanas de la nariz, llena la frente de un sudor frío, y tan hiperestasiados todos los sentidos, que el menor ruido la molesta, y es necesario vendarle los ojos para que no la dañe la luz que alumbra el gabinete. Si le tocan los dedos, se lamenta y dice que siente como si le quemara un hierro.

Suele suceder que en este período se produzca el fenómeno, o que desaparezca esta fase, para dar lugar a otra en que Eusapia queda letárgica en tal grado, que hay momentos en los que parece que la vida de la médium se ha extinguido y está su cuerpo inanimado. Pasados algunos segundos, se despierta de un modo brusco y dice: ¡È fatto!»8.

El resultado siempre era el mismo, pues la arcilla presentaba esas materializaciones sin que se observara manipulación de ningún tipo, lo que llevó al experimentados a concluir que allí ocurría algo que no podía explicar debidamente. ¿Hasta dónde se puede creer en el testimonio del joven especialista? Esa es una cuestión complicada, pero sí que se puede atestiguar que se valió de esas sesiones para intentar ganar prestigio dentro del espiritismo y los experimentos psíquicos. Su insistencia en contactar con otros insignes personajes, además de su continuada alusión a su falta de credulidad, hacen que el factor del puro interés deba ser tenido en cuenta.

No había pruebas irrefutables a favor, pero tampoco las había en contra. Los acontecimientos continuaron su marcha, ya con Otero Acevedo y Palladino separados por la distancia. La chica vio como su fama crecía como la espuma, siendo objeto de interés de Lombroso, entre muchos otros. Legendarias son las sesiones de Milán (1892), donde las pruebas que se le practicaron arrojaron resultados igual de importantes que los que ya se dieron con Otero Acevedo. Éste, quien seguía convencido de que aquello no era cosa de espíritus, experimentó con las fotografías que perfeccionó Mumler, haciendo ver a todos que era capaz de reproducir sus espectaculares resultados, a sabiendas de que eran fraudes. Se retrató a sí mismo, como vivo y como muerto, en un elocuente alegato a la falsedad de estas prácticas que únicamente buscaba el lucro con el dolor ajeno, como muchos denunciaban. Sin embargo, parecía creer a pies juntillas en las posibilidades que ofrecía la materialización de personas mediante la mente.

La vía tomada por Otero Acevedo le acercó al hipnotismo, por entonces denominado sonambulismo. Creía que ese podría ser el medio por el que se podían conseguir los resultados que obtuvo con Eusapia. Como cabe reseñar, sonambulismo y espiritismo eran dos posturas enfrentadas, con partidarios y detractores en ambas vertientes, que pugnaban por convertirse en hegemónicas y objetos de estudios rigurosos. Mucho se podría hablar al respecto, desde lo conceptual a lo práctico, aludiendo a otros ilustres nombres. Incluso a uno de los grandes amigos del doctor Otero Acevedo, Ramón María Valle Peña, mejor conocido por todos como Ramón María del Valle-Inclán, pero eso será en otra ocasión…

Fuentes:

  • Carrington, Hereward. Eusapia Palladino and her Phenomena, B.W. Dodge & Company, 1909.
  • Graus Ferrer, Andrea. Ciencia y espiritismo en España (1880-1930), Comares Editorial, 2019.
  • Lombroso, Cesare.
  • Otero Acevedo, Manuel. Los fantasmas, El Heraldo de Madrid, volúmenes I y II, 1891.

Los espíritus, Revista de Estudios Psicológicos La Irradiación, 1893-1895.

Lombroso y el espiritismo, artículos publicados en El Globo, Biblioteca de la Revista de Estudios Psicológicos La Irradiación, 1895.

  • Polidoro, Massimo. Eusapia Palladino, the Queen of the Cabinet“, Skeptical Inquirer 33, 2009.

Notas

1 Si los lectores quieren ahondar un poco en la figura de Kardec, pueden consultar múltiples biografías, aunque una de las más insólitas e interesantes es la escrita por él mismo. Kardec, Allan: Qué es el espiritismo. Buenos Aires: Kier, 1976, p. 134.

2 La historia de Mumler fue recogida en un artículo anterior, disponible en la web de Misteriored. Folclore vintage: la psicofotografía de William H. Mumler y su lío con el espíritu de Lincoln https://www.misteriored.com/folclore-vintage-la-psicofotografia-de-william-h-mumler-y-su-lio-con-el-espiritu-de-lincoln/

3 Graus Ferrer, 2019: 16.

4 https://web.archive.org/web/20160307194021/http://www.prairieghosts.com/florence.html

5 Jesús Mª Monge López. Valle-Inclán y las primeras sesiones experimentales del Dr. Lombroso con Eusapia Paladino http://www.elpasajero.com/ventolera/vallelombrosopaladino.html

6 Graus Ferrer, 2019: 12, citando a su vez a García Domínguez, Raimundo, 1986: 11.

7 Otero Acevedo, 1895: 33-34.

8 Graus Ferrer, 2019: 22, citando a su vez a Otero Acevedo, 1893: 249-250.

Sobre nosotros Félix Ruiz

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