El Toque de Reyes: Los míticos poderes taumatúrgicos de la realeza

Propongo a los lectores un viaje al pasado. Vamos a retrotraernos a los primeros momentos de la Baja Edad Media, donde el binomio Dios-Rey cobró una especial importancia en Occidente. La vinculación del poder con elementos sobrenaturales no era un concepto nuevo, pues ya desde los albores de nuestra civilización aquellos quienes ostentaban los cargos más altos dentro de la escala social esgrimían una serie de cualidades que les hacía ser considerados “especiales” dentro de sus respectivos grupos. Les hablo de jefes tribales o chamanes, mensajeros entre los dioses y la humanidad que recibían e interpretaban los designios de los mismos, con el objetivo de conseguir sus favores. De paso, podían perpetuarse en dicha posición, afianzándose hasta formar toda una élite. Luego llegaría la religión cristiana, que entró de manera definitiva en la vida cotidiana de los antiguos europeos cuando fue adoptada como religión oficial del Imperio Romano tras el Edicto de Tesalónica, decretado por Teodosio en el año 380.

Manuscrito del siglo XV que representa la tradición según la cual Clodoveo I era capaz de sanar a los escrofulosos, un poder que compartían otros regentes.

El nuevo poder religioso aupó a los clérigos otrora prohibidos y perseguidos hasta los más altos honores, obteniendo una influencia que debía ser tenida en cuenta por todo aquel candidato a convertirse en rey. Los hombres que quisieran acceder al sillón regio a partir de la Baja Edad Media debían obtener también el favor divino, que en la vieja Europa era ahora el Yahvé del Antiguo Testamento, revelado de nuevo al mundo a través de su hijo Jesús y del Espíritu Santo descendido a los apóstoles. Mediante la unión de sus fuerzas, Dios y Rey representaban a la perfección el poder arriba y abajo, en el Cielo y en la Tierra. Como parte de ese pacto, los regentes contaban con un supuesto don que hoy podemos rastrear en sanadores de muchas partes del mundo. Les hablo de la imposición de manos, que sobre todo en Francia e Inglaterra fue conocido popularmente como el Toque de Reyes, que al parecer tenía el poder de sanar a los enfermos.

Si alguien busca en algún diccionario o en Internet la palabra taumaturgia, encontrará que deriva de las palabras griegas thaûma y érgon, que podríamos traducir respectivamente como milagro y trabajo. Es decir, que el término trata de la capacidad de realizar prodigios, actos que los demás entienden como sobrenaturales, y que solo están al alcance de los dioses o de algunos elegidos por los mismos. A lo largo de la historia han sido muchos los personajes que al parecer han disfrutado de dones taumatúrgicos, entre los que podemos encontrar a santos y a brujas, por solo nombrar dos ejemplos. Si bien en nuestro hiper-escéptico siglo XXI un porcentaje importante de personas ven en estos supuestos poderes pura charlatanería, hubo un tiempo en el que todo rey que se preciara debía disfrutar de ellos para ser considerado un elegido de Dios.

¿Qué sanaban los reyes? En un principio se creía que eran capaces de mitigar multitud de dolencias merced a la voluntad de los dioses, pero llegó un momento en el que se especializaron en la adenitis tuberculosa, conocida popularmente como escrófulas, inflamación de los ganglios linfáticos provocados por la temida tuberculosis, una enfermedad crónica que campaba a sus anchas entre la población. Tanto miedo despertaban los síntomas de las escrófulas que en Francia se conocían como el Mal du Roi, el Mal del Rey, mientras que en Inglaterra se las conocía como King´s Evil, con la misma traducción. Óscar Herradón, en su obra Historia Oculta de los Reyes, dice al respecto de que existe la sospecha de que esta especialización no fue casual, ya que en aquel entonces ya se sabía que esta enfermedad pasaba por fases de ataques violentos, seguidos de remisiones espontáneas de los síntomas. Siguiendo este argumento, los consejeros reales aleccionaron a sus señores sobre la conveniencia de hacer creer a sus súbditos que eran capaces de frenar esta enfermedad, algo que era visto como un verdadero milagro por aquellos que asistían a los ritos de la imposición de manos o Toque de Reyes.

A pesar de lo que podamos creer, estos supuestos dones sobrenaturales de los reyes no eran del gusto del sacerdocio cristiano, sobre todo porque aupaba a éstos a una posición muy cercana a la de Dios, más aun que la que disfrutaban ellos. La ceremonia de la unción y la coronación servían precisamente para realzar el papel del sacerdote-mediador entre Dios y los humanos, como una herramienta imprescindible para que el rey obtuviera sus dones. Por otra parte, rápidamente se entendió que toda esta escenificación servía a intereses similares, pues tanto la Iglesia como la monarquía salían reforzadas frente al pueblo, que era lo que finalmente interesaba a ambas partes, por lo que se permitió que el rito continuara su curso.

Lo siguiente que debemos saber es dónde nació – al menos en su vertiente legendaria – este fenómenos asociado a la realeza. Pues debemos rastrear la historia hasta llegar al finales del siglo V y principios del VI, momento en el que reinaba en suelo francés el merovingio Clodoveo, cuya representación aparece en la foto de portada. Aunque, antes de narrar lo sucedido, debo aclararles que la leyenda tomó forma mucho después, en el siglo XVI, cuando el francés Esteban Forcatel editó el Tratado del imperio y la filosofía de los franceses, donde engrandecía la realeza de los monarcas. No es de extrañar que incluyera un relato como el que vamos a ver. Añadido a esto, quizás a muchos les suene el término merovingio, pues responde a una dinastía real que ha pasado a la posteridad en forma de relatos legendarios que a su vez han dado forma a mitos modernos muy extendidos, como el del famoso Grial de sangre tratado en best-sellers como El Enigma Sagrado El Código Da Vinci. Pues bien, los mitos sobre estos monarcas vienen de antiguo, pues se cuenta que Clodoveo fue el primer rey en curar escrófulas, concretamente a un caballerizo suyo llamado Lanicet. A pesar de que el pobre hombre trató de encontrar un remedio a su enfermedad, no fue capaz de hallarlo. Una noche, mediante una experiencia onírica, el rey Clodoveo halló la solución: Vio como el mal remitía en su querido amigo tras rozarle con sus manos. Una vez despierto, el rey mandó llamar a Lanicet, a quien efectivamente curó al tocarle con sus manos, tal como ocurría en su sueño. Es lógico que pensaran que aquello era un prodigio permitido por Dios, que había dotado al merovingio de un don sobrenatural. Por ello, Clodoveo entendió que su misión era legar dicha gracia a sus sucesores.

Por otra parte, Herradón cita a Marc Bloch, quien en su obra Los Reyes Taumaturgos cita una mención que parece hacer referencia al Mal du Roi en el siglo XII, mucho antes de que fuera aupado a la leyenda por Forcatel. El fragmento aparece en el tratado Reliquias de los santos, de un tal abate Guibert, quien hace alusión a curaciones milagrosas de diversos mandatarios, entre ellos los reyes franceses, que acompañaban la imposición con la señal de la cruz. Así se escenificaba la unión entre Cielo y Tierra, entre dos poderes complementarios que partían de una raíz única y sagrada.

Decía en párrafos anteriores que el nacimiento legendario se produjo con Clodoveo, pues quienes han investigado el rito parecen estar de acuerdo con que el rito verdadero comenzó con los Capetos, dinastía inaugurada por Hugo Capeto (938-993), cuando se extendió la creencia de que adquirían sus poderes cuando eran ungidos y coronados, justificando de esta manera su carácter de reyes sagrados, elegidos por Dios. El hijo de Hugo, Roberto el Piadoso, fue el primero en curar escrófulas, lo que ayudó mucho a que recibiera el apodo por el que pasó a la Historia. Como bien señala Herradón, el tiempo y la consolidación del poder real trajeron consigo que el rito se extendiera y fuera cuantificado en libros de registros y en una serie de fórmulas ritualísticas que nos han permitido conocer el alcance que tuvo el mismo.

El monarca Hugo Capeto, primer rey de la dinastía de los Capetos, de la que descienden de una u otra forma todos los monarcas europeos actuales.

Hasta ahora hemos tratado el rito francés, que llegó con las corrientes milenaristas que tantos estragos causaron cuando se acercaba el fin del primer milenio, con los oscuros y apocalípticos augurios que acompañaban esta efeméride. Por su parte, la vertiente británica también tiene un origen legendario, pues el primer regente en curar escrófulas sería- siempre según el relato – Lucius, a quienes varios autores consideran como un personaje mítico, tal como ocurre con Arturo y su famoso Camelot. Herradón vuelve a citar a Bloch, que señala a Eduardo el Confesor (1002-1066), quien posteriormente sería conocido como San Eduardo, como el primer rey taumaturgo que usó el Toque de Reyes en suelo inglés. El mito otorga a este Eduardo un carácter bondadoso hacia sus súbditos que sacaba a relucir a la mínima oportunidad. Y una de ellas se presentó en la forma del mismísimo Juan Zebedeo, el San Juan Evangelista del catolicismo. Eduardo era un gran devoto suyo, por lo que Juan se disfrazó de mendigo y salió al encuentro del hombre, a quien pidió una limosna. Eduardo conocía la identidad de aquel extraño, pero no tenía ninguna moneda encima. Para no romper la promesa que un día hizo – no negar jamás limosna a alguien que la pidiera en nombre del Evangelista – le hizo entrega de su anillo regio. Poco después, Juan pidió a dos viajeros que devolvieran el anillo a su dueño, acompañado de un mensaje: El rey moriría en seis meses, y el propio San Juan iría a buscar su alma para acompañarla en el último viaje. Eduardo supo de este augurio, que se cumplió a principios del año 1066. Esta historia acaba treinta y seis años después, cuando su cuerpo fue exhumado y fue hallado incorrupto, lo que unido a su fama de bondadoso le valió la canonización.

En otros países también se llevó a cabo esta práctica, aunque en menor medida. Por ejemplo, Herradón señala el caso de Hungría, cuyos reyes eran capaces de sanar la icteria, o el de España, donde tenemos ejemplos de curaciones de endemoniados. Sí, han leído bien, aquí se pensaba que los reyes podía exorcizar demonios. Concretamente, se señala al castellano Sancho II, rey de Castilla entre 1284 y 1295. Este inusual poder real fue recogido en un Espejo de Reyes que Álvarez de Pelayo regaló al también rey de Castilla Alfonso XI hacia el año 1340.

¿Cuándo desapareció el rito? En Inglaterra ocurrió tras la muerte de Ana I, en el siglo XVIII, tras varias curaciones milagrosas que se le atribuyen. En suelo francés todo acabó tras la llegada de la Revolución Francesa y la ejecución de Luis XVI. Aunque, como sorpresa final, les diré que hubo intentos de restaurarlo años después. Ocurrió durante el reinado de Carlos X, que obtuvo la corona tras la muerte de Luis XVIII en 1825. El rey no creía en aquellos actos estrafalarios, pero se vio obligado a practicarlo a petición popular en el hospital de San Marcoul, cuando un grupo de escrofulosos le rogaron que les tocara.

Como he comentado, estos dones son legendarios, y de una forma u otra han sobrevivido a lo largo de los siglos, llegando a nuestros días. Un mito que heredamos de nuestros ancestros y que ha sido usado por el poder real para consolidarse en las altas esferas. La monarquía europea ha perdido gran parte de su sentido original – a excepción de casos puntuales como el de Isabel II de Inglaterra -, pero su carácter sagrado perduró hasta hace bien poco. Espero que este texto sea ameno y que ayude a comprender un poco mejor por qué buena parte del pueblo no se atrevía a cuestionar el poder real durante la Edad Media.

Fuentes:

  • Bloch, Marc. Los Reyes Taumaturgos. Fondo de Cultura Económica, 1988.
  • Herradón Ameal, Óscar. Historia Oculta de los Reyes: Magia, herejía y superstición en la corte, Espejo de Tinta, 2007.

 

 

 

 

Sobre nosotros Félix Ruiz

Trabajador Social de formación y apasionado de las temáticas relacionadas con el misterio desde siempre. Redactor de noticias, escritor novel, lector compulsivo y buscador incansable de preguntas que compartir con todo aquel que sea curioso y quiera saber más.

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