El Leabhar Gabhala: Dioses, gigantes y objetos de poder en los orígenes de Irlanda

Hoy quiero hablar a los lectores de una historia que presenta tintes legendarios relacionados con algunos de los mitos más famosos y extendidos de nuestro tiempo, como lo son la Atlántida, sus posibles supervivientes, los “gigantes” de los que hablan ciertas crónicas antiguas y la saga griálica, entre otros. Aquí se dan cita dioses, dos bandos enfrentados y objetos de poder que pueden marcar la diferencia a favor o en contra de cualquiera de los combatientes. Para comenzar, indaguemos en los orígenes de un pueblo ancestral, en este caso el irlandés.

El Libro de las Invasiones, escrito en el gaélico que se usaba entre los años 800 y 1.200 de nuestra era, describe el origen del pueblo irlandés a través de las invasiones que sufrió hasta entrado el siglo XI. La compilación está dividida en diez partes y entronca con nuestro país gracias a la leyenda de la Torre de Hércules, que tiene que ver con los trabajos del héroe. Lo importante ahora está en otro de los relatos que ofrece el libro irlandés, que narra las peripecias de dos pueblos que sobrevivieron al Diluvio. Estos eran los Thuata-de-Dannan y los Fir-Bolg.

Thuata-de-Dannan en la pintura“Jinetes del Sidhe”(1911), óleo de John Duncan.

Estos pueblos hermanos llegaron a tierras europeas a través del océano, y se instalaron en Irlanda, donde protagonizaron una encarnizada lucha por la supremacía. Allí ya vivía el pueblo llamado Partholon, que desapareció sin dejar rastro. En el campo de batalla que establecieron los grupos hermanos vemos una vez más el símbolo de la dualidad de la existencia, como ya vimos en la cosmogonía egipcia o griega, varias facciones entran en una pugna por el control, donde solo una puede ser vencedora. Esta vez la guerra se centra en el uso distinto de las artes mágicas. Los Thuata eran depositarios de la magia blanca, mientras los Fir-Bolg usaban la magia negra, convirtiéndose en los aparentes antagonistas de la historia.

Indagando en origen de los Thuata-de-Danann, llegamos al significado “Niños de la diosa Danu”. Son dioses o semidioses culturizadores, preocupados por el buen uso de la magia. En las tradiciones aparecen a veces como invasores de tierras irlandesas, que tomaron a la fuerza para luego defenderlas de los “Anti-dioses”, los Fir-Bolg. En momentos posteriores a la guerra fraticida entre ambos pueblos, los Thuata entregan la soberanía irlandesa a los misteriosos Hijos de los Mil, ancestral pueblo del norte de nuestra península que es antepasado de los Gaélicos modernos. Los Thuata emigraron luego a los territorios subterráneos, dejando a estos Hijos de los Mil el gobierno de la superficie.

Ya en el marco de la contienda, los Fir-Bolg se alzan con la victoria en Mag-Tured en una primera gran batalla que provoca el éxodo de los Thuata, en una peregrinación que les lleva a otros lugares, donde hacen partícipes a sus pueblos de la ciencia y las artes que atesoran. Todo ello de la mano de Lug, el gran constructor. Lug (irlandes), Llew (Galés) o Lugus (Galo) puede equivaler al Mercurio Galo que nombraba César. El nombre de este dios aparece en la toponimia de antiguos territorios celtas, como Lyon, Lugo o León. En Irlanda, Lug es conocido como Samildánach, “el que ejerce muchos oficios”. Tiene la capacidad de curar a los heridos y devolver la vida a los muertos – aspectos que ya vimos en Asclepio, aunque se puede intuir que Lug es anterior – gracias a un caldero donde prepara maravillosas pócimas. Lug también desembocará en Loki, el ingenioso demonio de los dioses germanos cuando éstos invadieron territorio celta. De ahí que para algunos autores, como Louis Charpentier, Loki represente una suerte de resistencia frente al invasor exterior, una fuerza que trata de despistar y engañar al enemigo haciéndose valer de trucos y subterfugios.

Lug tiene un animal que le representa, el cuervo Lu, mensajero de la creación y que fue conservado en épocas posteriores dentro de la obra alquímica y en el gremio de los constructores de catedrales. Según el mismo Charpentier, los arquitectos y obreros de Notre Dame de París usaron al cuervo de Lug como indicador del escondite secreto de la piedra filosofal, el objetivo último de la Gran Obra. Para el cristianismo este dios será símbolo de la superstición, como ya analizaremos.

Ahondando en el viaje de los Thuata, éstos fundan varias ciudades, que luego propiciaron una gran reunión del pueblo exiliado bajo la misma bandera que un día portaron. Estas ciudades eran Morias, Semias, Flinnias y Falias, y sus habitantes recibieron los dones de Lug. El dios hizo entrega a su pueblo de cuatro objetos, que juntos podrían hacer frente a los Fir-Bolg. El primero de estos elementos fue la Lia-Fail – la Piedra del Destino, que vivió un periplo que la llevó hasta el castillo de Edimburgo, donde se expone actualmente – que se convirtió en trono de los reyes de Irlanda. El siguiente fue la Lanza Encantada – una suerte de la Lanza del Destino del cristianismo, aquella que atravesó a Jesús durante la crucifixión – que nunca fallaba al asestar un golpe. Luego llegó la Espada Mágica de Nuada, capaz de provocar terribles heridas, y el Caldero de Dagda, que resucitaba a quienes eran depositados en su interior.

Con tan especiales armas, los Thuata se enfrentaron una vez más a sus hermanos, alzándose esta vez con la victoria definitiva. Ahora eran los Fin-Bolg los que debían abandonar las tierras que regentaban, escondiéndose en las cavernas y las profundidades de la Tierra, desde donde siguieron influyendo en el devenir de la cultura. Fue Lug quien los guió hacia la victoria, al hacer entrega a su pueblo de varios objetos de poder con los que sus posibilidades de éxito aumentaron de manera significativa. En el fragor de la batalla, el dios se convierte en un guía, en un verdadero Mesías, según asegura Juan García Atienza. Y es cierto que el dios intercede en los acontecimientos, desequilibrado la balanza definitivamente.

El dios Lug, según una ilustración de H. R. Millar, 1905.

Con el caldero de Dagda – imagen del Grial cristiano, que tanto ha dado que hablar y por el que tantos han suspirado – resucita a sus guerreros caídos para ponerlos una vez más en el frente. Convoca una impenetrable niebla que esconde a los Thuata en su avance por el terreno, hasta que se colocan en el lugar ideal para tender una emboscada a su enemigo. Incluso llega Lug a participar directamente en la refriega, acabando con el líder de las filas enemigas. ¿Quién era ese cabecilla? Pues, por supuesto, un gigante. Pero lo más destacado viene en el modo en que Lug derrota a su enemigo. Seguro que la gran mayoría de los lectores recuerdan la historia del pastor David, quien antes de convertirse en rey venció al terrible gigante Goliath con la ayuda de una honda y una piedra. Pues nuestro Mesías particular hizo lo propio con el líder de los Fir-Bolg, que más que gigante era más bien un cíclope, ya que tenía un solo ojo. Lug armó su honda mágica y con una sola piedra atravesó el ojo del insensato cíclope, que se desplomó al instante.

Es curioso ver cómo diferentes escenas se repiten a lo largo de la historia, que parece repetirse continuamente. La línea no parece ser continua, sino que traza círculos infinitamente, favoreciendo que ciertos episodios ocurran de forma muy parecida cada cierto tiempo, o bien que sean presentados e interpretados de diferente manera según quién sea el pueblo que pretenda aprovechar esa tradición. Pero no acaba aquí la relación entre Lug y los gigantes.

Cuando los Thuata arribaron a aquellos parajes, allí ya habitaba cierta raza de gigantes llamados Fomoré, los dueños de los mares. Era necesario establecer alianzas que fueran provechosas para los recién llegados, así que recurrieron a un método que se ha repetido en infinidad de ocasiones y que ha demostrado ser muy efectivo. Hablo, por supuesto, de una boda, que sellaría la unión entre civilizaciones. A la manera de la nobleza europea, los Fomoré, con el monarca Bálor a la cabeza, propusieron que la hija de éste fuera tomada como esposa por el príncipe Thuata Cian. Por supuesto, el matrimonio llegó a buen puerto, y la naturaleza hizo el resto. De esta forma nació el guía del pueblo que vino del mar: Lug.

No debemos dejar pasar el hecho de que este nuevo ejemplo de hibridación entre gigantes y atlantes dio forma al nuevo orden jerárquico en la tierra colonizada. En el libro de Enoc, una unión aparentemente imposible y prohibida entre ángeles y mujeres provocó la ira de Dios. Pero parece que los supervivientes del Diluvio volvieron a tentar a la suerte al volver a crear a un ser a medio camino entre ambas especies. Al menos, en esta versión de los hechos. Y fue así como Lug, el maestro de los oficios, comenzó su andadura por nuestro mundo.

Fuentes:

Charpentier, Louis: Los gigantes y el misterio de los orígenes. Plaza y Janés Editores S.A., 1976.

Fernández Urresti, Mariano: Crónica Negra del Grial. Aguilar, 2016.

García Atienza, Juan: Los supervivientes de la Atlántida. Martínez Roca, 1978.

Sobre nosotros Félix Ruiz

Trabajador Social de formación y apasionado de las temáticas relacionadas con el misterio desde siempre. Redactor de noticias, escritor novel, lector compulsivo y buscador incansable de preguntas que compartir con todo aquel que sea curioso y quiera saber más.

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